Bernardo Cienfuegos

Caminando por los patios universitarios, me sorprende oír a un muchacho declamar frente a una chica “Mujer, el mundo está amueblado por tus ojos…” me reconozco intruso y de soslayo alcanzo a ver cómo brillan los ojos seducidos de ella.

Al alejarme, me enfrento a la interrogante ¿por qué leemos o no leemos poesía? Leemos poesía porque la belleza o su silencio es parte de nuestra condición humana reflexiono. Por otra parte, existe algo claro: la lírica, muchas veces, intimida.

Enfrentarnos a cierta poesía es estar frente a un cuadro de Kandinsky, Rembrandt o Picasso, donde nos atrapan las formas, matices, palabras en cadencias maravillosas e incomprensibles, las metáforas poderosas. Y es allí cuando empieza el autosabotaje, el drama personal: nos secuestra el intelecto y la pretensión se vuelve manifiesta, queriendo entender o saberlo todo. Nos quedamos estancados en el entendimiento, en la inteligencia en cuanto a lógica, a razón, como si fuese lo único importante.

¿Y qué pasa con las sensaciones, el solo placer de estar frente aquella maravillosa obra?

Alguna vez, una estudiante me comentó que desde su vereda siempre se predisponía  sesudamente a leer poesía, ya que ésta sería siempre compleja y abstracta. No habló del goce de los sentidos, ni de cómo a través de ella podía explicar el mundo que la circundaba.

Y  no necesitamos leer a Sabines, Whitman o Pessoa bajo los análisis estilísticos de Octavio Paz, basarnos en algún modelo estructuralista o seguir los pasos propuestos por I. A. Richards para ello. Necesitamos aceptar y apreciar y empaparnos de la locura de André Bretón o el dolor de Pizarnik en cada una de sus obras, dejar que cada palabra y cada verso sean una invitación a esa caída libre que nos supone el espejo literario, tal como nos propone Cortázar: “Cante una sola nota, escuche por dentro”.

De algún modo debemos dar valor a la importancia del placer en la experiencia de lo bello, teniendo claridad en que hay tantas opciones como gustos, pero sobre todo teniendo en cuenta las palabras de la poetisa Mercedes Calvo: “Leemos un poema en un libro, pero leemos poesía en las personas, en los objetos, en la naturaleza, en un cuadro, en la música”

Tal como Huidobro, llamar a “resucitar las lenguas / con sonoras risas / con vagones de carcajadas / con cortacircuitos en las frases. “

Que llegue pronto el momento en que la poesía, este animal desesperado que agita la dialéctica, sea comprendido como las huellas de una vida, de lugares de no lugares que habitamos, que nos habitan y  que reconocemos.

De ese modo y sólo de ése modo, la poesía no habrá cantado en vano.