Una columna “blusera”

 

Estaba escuchando música en youtube, pensando en historias de blues y rock, en un estado emocional similar el del blues, es decir, deprimido o más bien deprimiéndome, cuando recibí el mensaje de Javier invitándome a participar en el Diario. Lo acepté ipso facto, bien por la ganas de comunicarse que el oficio, u oficios, van dejando, como rendijas entre el tiempo, y porque siempre es bienvenida la retroalimentación de la gente.

Así que pensé en escribir sobre Antofagasta, ciudad literaria, y escribir por ejemplo acerca de La derrota, de Caupolicán Ponce, que también me produce depresión y algo de culpa, pero detallar las imágenes que sus letras evocan sobre el viejo puerto me parecían tan nítidas y dolorosas, que se me marcaron en la memoria, esquiva memoria, y en eso estaba cuando me di cuenta de que existen dos formas de escribir un columna, una de ellas es a la Kant y la otra a la Vila Matas. No es que se quiera aquí comparar la estatura profesional de nadie, pero en buenas cuentas, se escribe relatando un acontecimiento externo, o así considerado, y otra en la que se relata una experiencia propia.

Mientras escribo, escucho una de Muddy Waters, en la que aparece invitado un guitarrista quién acaba su magistral improvisación, apunta con el dedo al armonicista, quién titubea, pues están en 1981, y Muddy Waters está por morir en unos meses. Habiendo titubeado comienza su trabajo toda vez que Muddy ha alzado su mano como dándole la venia o mejor permiténdole ponerse en marcha.

Y este contraste entre la guitarra eléctrica y la armónica, tiene que ver con el tema de la columna de esta semana, pues la explosividad de la guitarra eléctrica está mediada por la técnica, mientras que el influjo de la armónica queda sujeto a las condiciones de su intérprete. Pero no quiero hacer apología en contra de la técnica, querido melómano lector, no quiero terminar en un diálogo cosista, mnemotécnico y aburrido.

Lo que quiero señalar es que la relación Vila Matas/Kant es parecida, por no sugerir la misma, que la del guitarrista y el armonicista. La forma de escribir de Vila Matas, en contacto con su experiencia cotidiana, hace del relato una forma del ser, y del ser en una entidad necesariamente en busca de entretención, conocimiento y placer para su inmenso deleite. La segunda forma objetualiza el relato, transformándolo en un emisor frío e inintencionado, en la que el relato pasa a ser un complejo entramado teórico o virtual de algún pensamiento que en algún momento fue persona.

Estas formas, representadas por el distorsionado sonido de la guitarra, que, en cierta medida,  es un objeto, pues está mediado por la objetualización técnica y el sonido de la armónica, mediado por los pulmones de quién la sopla,  en una primera instancia ambos, por supuesto, pero, además está el influjo que el viejo Muddy le genera, proponen una escena solemene, en la que el hombre termina por obedecer su instinto de obediencia frente al mayor jerárquico inmediato, reforzando tal decisión mediante el titubeo.

Eso es lo que también pasa en otro orden de cosas, en múltiples ordenes, y es que la técnica supedita a la humanidad, porque necesitamos imágenes para entender el mundo.

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