Carta al pueblo movilizado, de un roto y provinciano en el extranjero

Adaptación del discurso leído en acto de conmemoración a los 100 días de movilizaciones en Chile en la ciudad de Melbourne, Australia.

Mi nombre es Martín Arias Loyola y soy un académico chileno de provincia trabajando en el extranjero, pero más importante que eso, soy esposo, hijo, hermano, tío, nieto y amigo y compañero. También me han llamado roto, patipelado y alienígena, incluso célula cancerígena y come guaguas. Como muchos de ustedes, desde hace años estoy molesto con el modelo socioeconómico de Chile, y desde mi trabajo he hecho todo lo posible para enseñar a mis estudiantes a ser mejores. Mejores seres humanos y profesionales. Como muchos de ustedes, estoy harto de que las personas no puedan tener una vida decente. Hastiado de ver a familias expulsadas de las ciudades y obligadas a vivir en barrios marginales, a pesar de que trabajaban desde el amanecer hasta altas horas de la noche, en una vida laboral alejada del calor del sol.

Me asquea cómo los ricos rompen las leyes impunemente, las mismas que utilizan para encarcelar a quienes no pueden pagar carísimos servicios legales. Me cabrea el estado empresarial, que a pesar de haber prometido la alegría, hoy permite a privados exprimir la vida de cada trabajador(a), solo para dejarlos(as) morir de pobreza una vez que ya no pueden producir. Ese estado que vive tranquilamente en tres comunas de Santiago, asegurando su calidad de vida a costa de condenar regiones como basureros ambientales. Al igual que muchos de ustedes, pensaba cada día en todo esto y me esforzaba para mejorarlo, pero sentía que la tarea era tan enorme que sería imposible ver un cambio real durante mi vida. Creí que ya habíamos sido derrotados, a pesar de todos nuestros mejores esfuerzos. Pero, como a muchos de ustedes, hace más de 100 días un pueblo movilizado me demostró que estaba completamente equivocado.

Sin embargo, vale la pena recordar los orígenes de esta revuelta. Algunos(as) (como yo) dirían que se comenzó a gestar mucho antes, luego de la vuelta a la democracia y durante las administraciones que gobernaron el país “en la medida de lo posible”. Primero, con los estudiantes universitarios contra la ley Marco el 98’, luego contra la privatización de la educación universitaria, entrada de bancos y del sistema de acreditación durante el 2005, seguida por la Revolución Pingüina el 2006 y las movilizaciones estudiantiles del 2011. A ellos se suman los movimientos No+AFP, medioambientalistas y Vivienda Digna, entre otros, todos quienes fueron brutalmente reprimidos al luchar por distintos aspectos individuales de nuestra dignidad perdida.

Publicidad

Más recientemente, fue el movimiento feminista del 8M en 2018, el que contra todo pronóstico logró tomar las calles de un país altamente misógino y machista, en un tsunami de empoderamiento femenino que fue el primero en poner al gobierno de Piñera de rodillas. Fueron ellas quienes desafiaron completamente una estructura socioeconómica injusta y violenta, exigiendo cambios profundos que reconocieran la dignidad que todo ser humano merece. Se rebelaron tomando las calles con canciones, banderas moradas y pañoletas verdes, mostrando un grado de solidaridad y valentía que encendió una pequeña chispa de esperanza en los corazones de todos(as) los(as) oprimidos(as), acostumbrados(as) a una naturalizada vida de desigualdades. El 8 de marzo del 2018 las mujeres chilenas nos obligaron a levantar la vista, rompiendo nuestra rutina nacional de trabajar con la mirada gacha. Nos sacudieron de tal manera, que al fin comenzamos a notar las cadenas que nos inmovilizaban.

Un médico y presidente chileno dijo una vez que ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica. El pasado octubre le dio otra vez la razón, cuando nuestros estudiantes decidieron evadir un aumento injusto del transporte, pero también la forma habitual de hacer política y el miedo que todavía paralizaba a la población chilena desde la dictadura. Ellos y ellas, como antes lo hicieron las mujeres, nos sacudieron hasta que las cadenas del terror terminaron por romperse completamente. Al enfrentar la brutalidad policial y la represión estatal, nos recordaron cómo realmente se ve la valentía: no como superhéroes millonarios con armaduras o martillos mágicos, sino como personas comunes luchando contra antagonistas pensados invencibles.

Los estudiantes seguramente estaban asustados, definitivamente desarmados y quizás sin mucha preparación, pero su coraje terminó de encender una revolución a gran escala. Una revolución parecida a las iniciadas y peleadas por sus muchos de sus parientes, cuando también fueron estudiantes y mientras existía otro tipo de terror estatal. Los y las estudiantes desafiaron el núcleo mismo de un Chile grotescamente desigual, recordándonos a todos los adultos del país lo importante que es vivir una vida con dignidad, solidaridad y libertad, en lugar de sobrevivir calladamente conformes, llenos de deudas y sumisa vergüenza.

Hoy día, luchamos juntos, en todas las latitudes sufrimos y nos ayudamos mutuamente, vemos a nuestros amigos(as) y familiares poner sus ojos en riesgo y la santidad de sus cuerpos, incluso sus vidas, cada vez que toman las banderas y carteles y salen a marchar abandonando la seguridad de sus hogares. Todo para recuperar lo robado: nuestro legítimo derecho a vivir dignamente en paz, en un baile que nadie sobra. Hoy, quienes estamos en tierras extranjeras, vemos al pueblo movilizado en Chile sangrando, violado, golpeado. Lloramos por ellas y ellos porque no son extraños(as) ni simples números en frías estadísticas, sino que somos nosotros mismos. Reconocemos a nuestros(as) amigos(as) y familiares en cada persona que cae, en cada ojo que es violentamente cerrado para siempre, en cada mutilación y traición de un estado que juró protegerles.

La distancia que nos separa de las barricadas no ha impedido que tratemos de aportar a esta lucha, presionando como se pueda en embajadas, parlamentos y medios de comunicación. Organizando manifestaciones, traduciendo comunicados, horrorizando a nuestros colegas y amigos(as) con las fotos y videos de nuestra gente siendo tratada como enemigos en una guerra civil, donde sólo un bando concentra las armas. Tratamos de visibilizar el conflicto en Chile, las violaciones de los derechos humanos, de mostrar que el ejemplo exitoso de desarrollo latinoamericano nunca fue otra cosa que una copia desigual y violenta del edén. Lo hacemos, porque la lucha de quienes están en Chile es por nuestro bienestar, porque sabemos que haríamos lo mismo por ellos y ellas. Porque en estos tiempos caóticos, con lo único que podemos contar es con nosotros mismos.

Creo que no es una exageración decir que, como todos quienes antes lucharon y murieron por lograr mejores condiciones para todos(as) nosotros(as), el Chile movilizado no quiere ser mutilado, ni torturado, no quiere enfrentar prematuramente a la muerte. Pero, al igual que ellos y ellas, sabe que debe hacerlo. En Chile, Líbano, Hong Kong, Colombia e incluso Australia, la gente ha dicho basta. Hemos descubierto que la breve comodidad de una pacífica vida de consumo no vale una existencia de pobreza y servidumbre.

El actual sistema globalizado de crecimiento productivo y consumo infinito ha demostrado ser depredador, desigual y extremadamente insostenible, concentrando sus beneficios cada vez en menos manos. Sabemos que el colapso que hoy enfrentamos no solo se limita a nuestros derechos, sino a nuestra propia supervivencia como especie. El momento en que cada generación debe levantarse para recuperar su derecho a construir su utopía es ahora, y al fin estamos asumiendo la responsabilidad de enfrentar esa titánica tarea.

La lucha por la verdadera libertad, esa justa, solidaria y no individualista, nunca ha sido fácil, pero la esperanza y la – hoy redescubierta – fraternidad la hacen avanzar. Recordamos más de 100 días de lucha del pueblo chileno, pero también las de otros/as alrededor del mundo. Hoy, todos somos hermanos y hermanas, nietos y amigos de todas las mujeres y hombres que defienden su utopía, donde sea que estén. La falsa paz impuesta por los gobiernos, aterrorizados de su gente, ya no es suficiente. Hoy, mientras vemos cómo nuestros líderes no dudan en sacrificar todo para mantener sus privilegios, dejando que sociedades enteras se quemen y se conviertan en cenizas, debemos recordar una verdad simple, hace tiempo borrada de la historia oficial: “si no hay justicia para el pueblo, que no haya paz para los gobiernos”. Viva la libertad solidaria y viva el pueblo organizado.