Libros y Sociedad

Carlos Pérez Castro

 

Recuerdo una pequeña tira cómica de 4 viñetas que tiene como protagonistas a dos personajes del universo de Snoopy (nunca he sabido cuál es el nombre oficial de esas historias, para mí siempre se han llamado simplemente “Snoopy”). Haré un intento de parafrasearla: Lucy, con su ingenio habitual, le indica con su dedo a su amigo Shermy un edificio que está al frente de ellos en el que dan libros gratis para llevarse a su casa, si es que le pide a los que trabajan allí que le pasen uno. “¿Gratis?”, le pregunta con inocente incredulidad el joven Shermy, a lo que Lucy le contesta: “¡Completamente gratis!”. La reacción de Shermy es rascarse la barbilla, ahora con fundada sospecha, y decirle a su amiga:

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-“Te hace pensar que estarán tramando”.

La historia termina ahí. No sabemos si los amigos efectivamente cruzaron la calle y entraron al lugar o prefirieron seguir su camino, pues algo raro se olía al respecto.

El mundo, o por lo menos buena parte de occidente, ha estado azotado desde la última centuria por una serie de pensamientos, ideas y hechos que nos han ido gradualmente transformando en una sociedad en la que nuestra relación con lo comunitario es cada vez más distante. Producto del sistema económico imperante, conductor que tiene como ruta principal el camino del individualismo, las costumbres que en décadas pasadas permitieron a las personas sentir una pertenencia gratificantemente necesaria hacia lugares en los que, por ejemplo, podrían satisfacer sus intereses o simplemente podrían compartir un momento con alguien en un espacio en los que todos eran iguales, paulatinamente (forma de extender un proceso que bueno puede ser hermoso, pero malo se transforma en algo doloroso) fueron cediendo ante la aplanadora inmisericorde del progreso y sus expansivos daños colaterales.  Se ha producido una inherente desconfianza ante lo que no esté regido por un intercambio pecuniario, pues desde pequeños nos enseñan que todo hay que pagarlo y solo quiénes pueden cumplir con ese requisito accederán a  disfrutar en su cabalidad de las bondades que hay a disposición.

Sin embargo, de nosotros puede, y debe, depender que lo anterior sea lo definitivo. Con el uso de las bibliotecas podemos comenzar a cambiar desde la raíz esta situación.

Desde su concepción, las bibliotecas públicas (tengan estas orígenes estatales o no), han sido lugares de libre y gratuito acceso en el que los libros y el espíritu comunitario que se desarrolla en torno a la relación con ellos son su principal motor. Así como todo arte, los libros no tienen sentido si nadie los puede apreciar, de la forma que sea. Entonces, el poner a disposición de las personas relatos, poemas, investigaciones, opiniones (en definitiva, letras sobre un papel), implica un genuino intento no solo de acercar a sus visitantes hacia mundos fantásticos, escabrosos lugares, soñadas situaciones, felices y tristes finales, realidades desconocidas, y un larguísimo etcétera, sino que, además, ofrece acceso a un espacio en el que las personas con su mera presencia le dan vida y que con su activa interacción refuerzan su razón de ser. Es decir, las bibliotecas tienen como vital soporte, junto con los libros que en ella habiten, a las personas que las visitan.

No hay trampas, no hay letras chicas. Eso se los puedo asegurar.

Si bien es cierto el carácter de universalidad respecto al acceso que las bibliotecas públicas han pregonado no se ha modificado un ápice, es fundamental entender también que una de las mayores cualidades que estos centros deben fomentar con rigurosa atención dice relación con la formación de quiénes tendrán la responsabilidad de llevar sobre sus hombros el peso de un mundo mejor; cuento corto, los niños y niñas. Muchos sabemos cómo funciona una biblioteca y es probable que la gran mayoría haya alguna vez ido a una (para quiénes lamentablemente no han tenido la posibilidad de acceder, créanme que los esfuerzos para acercarlos se han comenzado a hacer), por lo que son bien conocidos los innumerables beneficios que se pueden obtener de la lectura, o la cultura en general.

Me encantaría poder continuar desarrollando lo anterior, pero, a través de mis años trabajando en una biblioteca, es que he podido identificar, y me gustaría compartir, aún otra cualidad que estos espacios pueden entregar: Yendo a las bibliotecas, es el sentido de COMPARTIR EN COMUNIDAD un valioso valor que podemos comenzar a desarrollar en los niños y niñas. El hecho de que puedan ir a un lugar en el que encontrarán gente de todas las edades realizando la misma acción que ellos (leer, sentir, pensar); que puedan darse cuenta de que el libro que tienen en sus manos ya ha sido utilizado como puente hacia otros mundos por otras personas antes; qué deben cuidar esos libros, pues después de terminar con su personal periplo, vendrán otros quiénes podrán disfrutar de la maravilla que implica el conocer lo que quieran a cambio de nada más que abrir y leer lo escrito en unas hojas; que las personas que trabajan en esos lugares no tienen otra motivación más que ayudarlos a encontrar esa historia adecuada que hasta les podría cambiar la vida; que es un espacio dónde podrían asentarse como si de un hogar se tratara y no necesitarán dinero para poder costearlo; que no tendrán que nunca desconfiar de que su única finalidad apunta a que todos podamos acceder de manera libre y gratuita a un lugar dónde nos podamos encontrar, con nosotros y con el resto.

Un regalo que quizás no se darán cuenta de que están recibiendo, y capaz que nunca lo hagan, pero que, cuándo en su adultez tengan la posibilidad de dictar la forma de relacionarse con el mundo, es probable que les permita pensar no sólo en su propio bienestar, si no que tendrán implantado la hermosa forma de actuar que alimenta la consciencia social y todo profundamente positivo que ello puede acarrear. La pertenencia a algo más que nosotros mismos y nuestros mezquinos intereses, la pertenencia a la sociedad. Recuperar la confianza.

Quizás a Shermy no le enseñaron eso, pero ¿de quién es la responsabilidad?

Vayamos a las bibliotecas, llevemos a nuestros niños y niñas. Entre todos, aprendamos sobre lo que queramos.