Los viajes de Zurita

Nuestra batalla está perdida y de esos restos se construye el arte. Es el duro mensaje que nos intentó entregar Raúl Zurita en algunas de sus entrevistas y nos lleva a mirar su obra desde una perspectiva diferente. Hace unos cuantos años, planteaba que la poesía se caía a pedazos, y aquella que aún se atrevía a aparecer estaba construida de escombros. “los poetas ya no se atreven, se han empequeñecido”, expresaba en una entrevista.

Sin embargo, a pesar del pesimismo inicial, él mismo se ha atrevido a borrar con el puño lo escrito en las puertas de este infierno. No hay que abandonar absolutamente nada: la poesía es la esperanza para lo que no tiene esperanza.

Aquella férrea defensa queda en evidencia en variadas etapas de su vida poética, y destaca con fervor en sus propuestas vanguardistas y llenas de potencia. Desde la aparición de Purgatorio (1979) nos encontramos con aquella convicción de enfrentar conscientemente todas las formas de dolor, sufrimiento y destrucción, no sólo como poeta, sino como ser humano. Desde allí, desde el reflejo de un Zurita que se hace cargo de la pasión vivida por su país, se inicia un recorrido que, cual Altazor, es una subida libre, una constante evolución hacia su forma actual.

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El siguiente paso en su viaje sin paracaídas fue el CADA  – “Colectivo de Acciones de Arte” (1979-1985), aquel grupo que se alzaba rompiendo con los cánones preexistentes en el arte y con una clara oposición a la situación política del momento: junto a Nelly Richard, Fernando Balcells, Diamela Eltit – con quien formaría una familia y tendría un hijo -, y los artistas visuales Lotty Rosenfeld y Juan Castillo, saltaban sobre los espacios públicos, quebrando la cotidianeidad de forma cruda y magistral, lanzando volantes con proclamas cargadas de utopías o utilizando su propio cuerpo como un lienzo, llegando a la autolesión o la automutilación al arrojarse amoniaco en los ojos o quemando su mejilla con un fierro ardiendo.

Muchos lo han tildado de rockstar y él solo sonríe. Considera que los más grandes poetas de estas tierras son Neruda, Parra, Mistral, de Rokha, Huidobro, pero que por sobre todos está Violeta Parra. “es nuestra Shakespeare”, dice. Grabó un disco de rock llamado Desiertos de Amor (2011) con Gonzáles y los Asistentes, aunque no anda buscando nuevos formatos. Hoy pareciese estar más cerca de Beatriz y la entrada a aquel lugar ubicado en el extremo opuesto del infierno: la ciudad de Dios… el cielo. Pero no le da mucha relevancia. Lo suyo es escribir.

Da la impresión que, con la seguridad de sus letras y la potencia de la madurez, ya no se enfrenta a los peligros que vivió Ícaro al acercarse al astro rey. Luego de Zurita – su obra magna – nos encontramos con un camino reposado de la mano de nuevas ficciones (2013) y dos antologías de su propia elección, Tu vida Rompiéndose y Verás. Nos enfrentamos como lectores a una obra atrayente y que invita a ser reposada, reflexiva. Antes de Zurita, ensayos, narrativa y más. En gustos, hay para todos.

Al final, referirse a solo uno de los textos de Raúl Zurita – sobre todo cuando se ha leído poco o nada de él – es reducir el viaje que significa pasearse por sus letras. Sin embargo, debemos comprender, como buen ejercicio de valoración, que de su visión del arte como una batalla siempre perdida ha sido capaz de construir grandes monumentos literarios. Con ellos, ya ha ganado el Premio Nacional de literatura el año dos mil, el premio Iberoamericano de poesía Pablo Neruda en 2016 y este año, hace apenas unos cuantos días atrás, las loas llegan por la obtención del también premio Iberoamericano José Donoso. Los calificativos se enmarcan en la potencia y madurez de su obra. Él, como es común en su actual etapa, se muestra alegre y sorprendido, honrado. Pareciese que aquellas sonrisas nos dijeran que la Divina comedia que fue su vida infantil y los años posteriores a la diáspora de la dictadura, sus caminos intrincados han quedado atrás de una buena vez.