Carta a una muchacha en la ciudad

Calama 01 de octubre del 2014

Señores

Diario Antofagasta

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Presente

Ella me quería mantener  a oscuras en una habitación terriblemente fría.  Me alejaba el agua cuando tenía sed, la comida cuando tenía hambre, el aroma del tabaco cuando quería fumar, pero me los traía cuando estaba asqueado, o cuando al fin podía dormir. Esas noches fueron brillantes, jamás escribí como en ese tiempo, bueno jamás viví como en ese tiempo, en las mañanas se bañaba y usaba el agua que era para los dos, yo me enfurecía y me iba maldiciendo veloz en la bicicleta en dirección a la cordillera mientras el cielo de Santiago de a poco aclaraba y la niebla entraba vaporosa y furtiva por entre las narices. Podía ver a todo el mundo dirigirse a sus puestos de trabajo, los perros descansaban bajo los árboles o frente a las puertas agrietadas de casas tan fantasmas como este mismo intrépido recuerdo.

Hoy en la oficina la jefatura no se ha pronunciado. La puerta está cerrada, todos  los tipos de la oficina nos miramos nerviosos, tal vez sea la oportunidad para tener voz de mando, algún ademán de gloria, de poder, pero “baa” todos han preferido quedarse callados, y poner los ojos directo a sus computadores.

El inevitable momento ya empieza a llegar, a lo mejor son las canciones de la vieja radioemisora que es la única posible de sintonizar, o los recuerdos que se me vienen tan fuertemente. A  medida que me alejo más,  se acercan, como cuando se corre arrancando de un perro enfurecido, es mejor detenerse y tal vez mirarlos misteriosamente a los ojos, quien sabe.  Pienso en ella, la muchacha que alumbró hace cuatro años el camino que decidimos, el riesgo de la pérdida tal vez es más condenado que el mismo hecho de la batalla matutina, del insulto, del grito, del llanto. La pérdida, esa gran gloria de la divinidad, como cuando has asesinado una hormiga con tu dedo índice y luego miras desde otra altura como se devuelve su compañera y con sus patitas de adelante le agarra y se la lleva quizás donde, pero en el fondo sólo lleva una hormiga muerta. Si tan solo pudiera al menos tener el cuerpo muerto de ella, para poder darle un abrazo en la mañana, sentarla como pueda y hablarle de mis planes, tal vez podría escuchar sus desafíos, escucharía sus insultos con mis ojos pegados a sus ojos. Ya no importaría que significan, mi atención iría más allá de esas palabras que ya se de memoria, tendría una respuesta insignificante y me abalanzaría a abrazarla, luego volvería a la rutina, ese hogar cada vez olería maá mal, pero nada huele a tanta mierda como este tiempo sin verla y sin entender.

Si pudiera regresar, jamás hubiese subido a un bus, todos los buses de mi vida hubiesen quedado paralizados como fotografías en la carretera norte/costa, o sobre el litoral central, sobre el norte/cordillera, todos los fantasmas de esos caminos serian felices, profanarían en fiesta cada rincón de cada mochila, maleta, bolso, que se yo, y hubiesen leído las cartas que jamás llegarían a destino, tocando una tripulación sin más opción que la del paisaje, como cuando se fotografiaba a un joven viejo  bajando veloz en una bicicleta saludando con una mano.  El momento se detiene, pero claro está que la vida no, él ya lleva mucho tiempo en un cementerio, sus blancos pelos ya se deben haber desprendido del cráneo, como pasará conmigo y con todos ustedes. En fin si pudiera regresar jamás hubiese subido a un bus, el viaje no sería nada en mi vida, yo estaría aún bajo las estrellas en una de las playas de Caleta Buena de Tocopilla tocando la guitarra y tratando de identificar su cara entre la escasa luz que aun sobra de una fogata olvidada en otro lugar.

Nos abrazamos sobre los puentes a llorar, sobre los puentes y sobre el río nos abrazamos, sobre las grietas de calles cualquiera que solo parecían reflejos mínimos de tiempo cada vez peores. Nos abrazamos sobre los cerros, fuimos fotografiados en los miradores, nos abrazábamos a llorar, fuimos abrazados en el barrio Yungay, en la estación central, muchas veces me fui y ella también se marchaba, nos abrazábamos en la casa de lo verde de Peñaflor, en los supermercados de Peñaflor, nos abrazábamos a llorar, nos abrazamos en cada pasillo frío de Calama, en el paseo Ramírez de Calama, en las tortas de Chuquicamata nos abrazamos a llorar, en cada situación de Tocopilla, en la noche negra de Tocopilla con todo el hollín de Tocopilla, nos abrazamos en Arica, en Iquique, en Perú, nos abrazamos en el quisco, frente al mar que relampagueaba infinidad de infecciones, el dolor de miles de poetas armaban rocas que separaban la arena del mar, con la fría esperanza de un arpía terrible que se reía de nosotros mientras mirábamos desvanecerse la última aureola del ultimo ángel condenado a la tierra. Como un tigre desperté y me fui de giro a los baños también de miles de ciudades, instructivos para ser felices me decía que trajera, yo no tengo más que mis propias penas le respondí, entonces eróticamente me asaltaba en el baño y nos dejábamos mojar el grifo de la ducha, nos dejábamos mojar y nos besábamos hasta que todas las telas fueron transparencia nos besábamos y inhalábamos, absorbíamos, apretábamos, hasta que al final todo se resumía a sus ojos, un amorcito, papel higiénico.

Dos chicos lloraban hoy en la plaza de armas frente  a la catedral, ¿sabías que podría ser cualquier ciudad?, ¿sabías que podrían estar tan lejos?, dos chicos caminan y fuman hoy en la plaza de armas, ven comer a las palomas el pan que algún viejo les da, ven entrar y salir sacerdotes, ven la imagen sobre una cruz, pasear a los gitanos, dos chicos lloraban hoy en la plaza de armas y el caso es que se alejó, fue encontrada muerta en algún rincón de mis recuerdos, no me vio aclarar las manos,  no me intoxiqué más con las pastillas, pero el caso es que desapareció, puede ser muchacha que tal vez por intermedio de este diario donde escribo esta carta para todos me encuentres, estarás seguramente deambulando en alguna ciudad, ya son las 9:18, en la oficina continua el silencio, a pesar de todos, estoy solo, estoy bien.

Juan Pablo Rudolffi Ugarte

NADIE

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Nacido el 20 de Diciembre de 1990 en el campamento minero de Chuquicamata, de entre un menjunje de padres y madres. Nieto de salitreros, pobres italianos, peruanos y alcohólicos, torturados políticos y profesores normalistas chilenos. Su primera publicación, en el netlabel www.cumshorecords.cl, ocurre siendo aún estudiante secundario (2008). Algunas de sus obras más destacadas son: "Recolección inhumana", "Pupilas tristes", "ausencia y otros relatos etílicos" y "Tierno resplandor" (2011). En el año 2009 inicia sus estudios de Licenciatura en Artes Visuales, en la Universidad Arcis, que sirvieron para la inspiración de la novela “Tierno Resplandor”. Actualmente escribe la Crónica Literaria del Domingo en el Diario de Antofagasta.