Crónica Literaria por Juan Pablo Rudolffi: “Generaciones”.

“GENERACIONES”

 

Ese violín agitanado que está reluciendo el viejo cassette que han echado a correr, mientras esperamos cómplices que empiece a llenarse de gente el bar.

La calle es una esperanza que grita triste la luz de un planeta y los ojos son sangre que coagulando el mundo ha venido a quedarse más a mi lugar, siendo fiel ceniza de todos esos paisajes, siendo mancha en el oriente, espina en el occidente, mentira en la tierra y una niña mira desde el otro lugar, espera a su padre, bebe un jugo mientras respira el humo de todos nosotros en esta cortina insensible que acaricia suavemente el pulmón de aquella chica con los ojos brillosos.

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Un lento toque de vino y pareciera la tranquilidad verse afectada por una pregunta que dejado ha caer Renata, mientras frota las manos para apagar otra colilla de cigarros rojos, – “y que me puedes contar de tu familia, ¿de dónde viene tu apellido, conoces a alguno de tus abuelos?”, pregunto interesada, yo le dí una nueva calada a mi cigarro y pensé un poco antes de responder, – ¿ y tiene alguna importancia eso mujer?.

–  Pues claro que tiene (dijo rascándose la frente)

–  Bueno, yo no sé por qué preguntas

–  Bueno da igual Rudolffi

–  Unas cuantas veces hablé con mi abuelo acerca de eso, él es un hombre muy duro, tiene los ojos del color del mar, a problemado, estricto, pero te aseguro que tiene un buen corazón

–  Todos lo tienen cariño

–   ¡A que no!

–   Jajaja eres un bruto, ¿bueno y de dónde viene el viejo?

–   El viejo, bueno, hijo de emigrantes ya sabes, esos tipos que se han escapado del hambre y han venido a caer a estos lados dejando resultados amorfos como el mío.

–  Jajaja, emigrantes ¿de qué parte del mundo?

–  Los viejos vinieron en un barco de la vieja Yugoslavia, los tipos vinieron de la Isla de Brach en la actual Croacia.

–  Mmm ya veo, ¿Qué más sabes?

–  Me temo que nada más nena, esta familia extraña se oculta, no se deja ver

–  Los tiempos antiguos

–          Creo que pagaré, salgamos ya de este lugar.

Tomé lo que quedaba en mi vaso, dejé unos billetes en el mesón y tomé la mano de Renata, la tarde era espléndida, es muy estremecedora esta ciudad de Antofagasta, aunque hay que aguantar el pegajoso síntoma y además sumándole lo horrible que me estaba yendo en la venta del libro.

Fue un viaje un tanto vacío aunque en cuanto a otras cosas, creo que podría quedarme eternamente aterrizado en la ventana del departamento de Guti, con esa mirada compleja que se asumía del mar, desde el piso 7 se podía ver además, como vivían los vagabundos atrás de una carpa de circo pequeño, que se refugiaba del paisaje con la interrupción de ese local de comida rápida que mantenía lleno de tipos la vitrina.

Veloces autos retumban Antofagasta, donde yo quisiera estar esperando, aún sin saber que, ya era una buena hora para comer algo, pero que tal, Renata iría a su casa y ya estaba atardeciendo, lavaría ropa y luego iría por mi hasta el departamento de Guti. Yo tomé una micro y decidía mirar como oscurecía tras las sombras de los árboles que dejaban de existir a medida que se extinguía la luz, la gente cansada salía de los trabajos, otros chicos subían con la intensión de beber en algún lugar, algunos visitaban a sus novias, otros buscaban el lugar oportuno para un encuentro homosexual, ¡que se yo! Sólo avanzaba a esperar que vuelva la Renata, esta tipa si sabe quererme y mantenerme en tención, algunas veces creo que podría estallar en gritos desde el infierno al paraíso, pero terminaríamos siempre en el mismo gesto, ella abrazándome la desesperación y yo manteniendo el movimiento de mi cabeza que gira por tanta bebida.

Al fin llegué al departamento, subí y nadie abría la puerta. Decidí bajar y esperar en conserjería.  Un hombre amable estaba en ese lugar, me permitió esperarle.  Al cabo de unos segundos ya se instalaba de frente a mi moviendo las manos y modulando feliz, este tipo reía burlándose de los ebrios y me mostraba todo el odio que sentía hacia ellos “hey muchacho, el otro día salía de mi casa y vi a un viejo vagabundo subir por la misma calle que yo bajaba, venia bebiendo de una botella. Yo avance rápidamente en su dirección, la aceleración del auto hizo que humeara el neumático. El viejo al verme casi se mea, lo esquivé a pocos centímetros, le debo haber hecho pasar un susto terrible jejeje”.

Mire a este tipo y pensé que era una mierda. Bueno, poco me interesaba continuar conversando con él, le pregunté si tenía fuego y empezó a burlarse de los fumadores, me paré, abrí la puerta y me fui del departamento.

Caminé unos minutos y me encontré con un viejo amigo. Esta ciudad es enorme, así es, (el chico vive a una cuadra), le conté mi historia y me invitó a beber mientras esperaba. En eso pasó la tarde y gran parte de la noche, de frente al mar, bajo una escalera derrumbada por el paso de los años y la humedad que deja la estela evaporante de esa agua salada que ruge frente a nosotros y el meado que baja amarillento después de tanta bebida. Es entonces más real que nunca ese cliché de la luna reflejándose en el mar, a lo lejos los pájaros en los tendidos eléctricos, atrás de mi la avenida con el tránsito acelerado.  Mi amigo no hablaba, solo bebía cada vez más y más en silencio, recibí una llamada de Renata, fui por ella a una bencinera que quedaba a dos cuadras. En fin, ya estábamos todos juntos, los tres, supe después que Guti se había ido de la ciudad esa misma tarde y que me dejó una llave secreta en algún lugar de todo este mundo, con la que más tarde abriría las puertas para dormir cansado de tanto caminar.

Me llama Cristian, director de un diario de Antofagasta, en el cual he estado escribiendo desde hace algunos meses. Me cuenta que se encuentra en la Universidad Católica del Norte, universidad tomada por los mismos estudiantes y que en Periodismo festejaban con la luz cortada. No tardamos en caminar hasta ese lugar, mientras avanzábamos se podían ver carros policiales paseándose aceleradamente por fuera de la universidad. Al fin llegamos y esperamos tras un portón, no tardó en irnos a buscar en un automóvil, nos subimos y avanzamos hasta donde se encontraba la gente, unos pastos chorreándose completamente de desperdicios, sucios ebrios engañándose las palabras, embarrándose las lenguas, apuntalando sus sucios y delicados genitales al sentir romántico del frío, en esas mariposas acarameladas del guitarreo y putas brutas y cristos enceguecidos en los rezos finales, donde exclaman en los oídos de sus nenas “quisiera dejarte un crío”.

Nos sentamos en algún lugar y conversamos, bebimos el vino, yo miraba a Renata y se veía tan bien en silencio, completamente adormecida mirando ese color de puerto amanecido. “Oye Cristian tengo algo para tí”, saqué un libro de la cartera de Renata y se lo regalé, este es el Tierno Resplandor. Él lo miro y sonrió, era un tipo realmente agradable, yo lo conocía de hace muchos años ya. Dijo que lo leería, luego de eso bebimos un poco más y más, hasta que en algún momento tomé la mano de Renata y empezamos a caminar de vuelta, ya estaba amaneciendo y las estrellas caían atormentadas a mi vista difusa y es en ese momento cuando me preguntó con su voz suave y creíble,

–   Es cierto que no te interesa más de tu familia

–   Hay nena nunca lo he dicho. (respondí)

–   Pero no haces nada por conocerles

–    Ya les conozco lo suficiente, esos locos Rudolffis están atormentados en algún sector de este mundo, ¿Qué tal si te digo que mi familia eres tú?

–    Eres muy bueno, borracho (dijo mientras sonreía)

Al fin todo se apagó y en esas cómplices caminatas donde una vez un niño de 10 años vagó comprendiendo el nacimiento, en un memorial de fotografías llenas de botellas y cajetillas de cigarro también caminó, pude ser tal vez como esa pequeña niña del bar. En fin, nada de infelicidades, solo esa tranquila y pasiva vida, donde todos los locos se arrepienten después de la borrachera y han vomitado tanto que ya les sale un polvo de las gargantas, y sufren recordando esas viejas carreteras que no tienen nada en común y esos viejos mendigos que han enseñado a las generaciones a no sufrir por los locos, que tal si todos los están, que mierda, me quedo con la mano de mi mujer aterrizada en mi pecho, mientras ella duerme yo participo en dos batallas, la primera y más importante es la de vencer el movimiento de esta cama que gira y gira por abusar de la bebida y la segunda es tratar de responderme lo que ya nadie respondió, ¿Por qué vino el viejo Jorge Rudolffi de esa triste Yugoslavia?, ¿Por qué salto de la isla de Brach para caer en el pegajoso amanecer antofagastino?… pipi