La nostalgia de la Alameda

En la aureola de un ojo pequeño, a los pies de la grandeza, enormes cascos recorriendo esqueletos frívolos en el nublado cotidiano del recuerdo, y las enormes cortinas de luces que invaden las lunas y las estrellas y el reflejo tímido y entorpecido de la oreja de una vieja tipa que carece de sexualidad, que espera un taxi, con ollas, con dedos y lenguas, con cocaína.

Vienen las primeras gotas de agua enturbiando los ojos del destino y el recorrido entibiecido de los corazones trémulos erectando a la vista de un cuarto piso, que practica casi todo menos el amor, es por eso mas evidente aún la virgen del cerro, donde han enterrado a la madre del diablo, y es una virgen espectacular que se come el ruido de las micros, el ruido pobre de las tristes micros que carecen de años, manchadas de sangra y vino y llena de pepas y sorbos y lamidas y empeñadas sangrientas, esperando el paradero para estallarse con la complicidad de otro cerro.

Y son cantidades calurosas de melodías siniestras y un arte profundo en el vals mediocre de otros cuerpos partidos, donde quebramos la segunda mitad de los caminos, con sus historias y sus pasos paralelos y sus números y sus cruces, y es enorme y roja con tierra de color, y unas pocas piedras en cuadrados dan la entrada a la luz en sus pocas ventanas, pero el campanario es más olvidado aún, entonces el tránsito es enorme en la Alameda y me lleva con un río enorme de cráneos y cerebros expulsados, y melancólicas vaginas se dejan llevar tras los sillones de enormes falos que giran, y a poco mueven las cabezas y bajan sus lentes de todos colores y miran, filas y filas de viejos vagos que piden el dinero de su locura rascando sus mal olientes caldos destripando el Cristianismo, demoliendo la Democracia, en la gracia del horizonte, riendo sus barbas grises y aspirando el morbo en la crueldad de esos senos distantes. Entonces no les importa tanto y siempre es buena hora para echar un trago…

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Más abajo las palomas bendicen la Alameda, e imágenes febriles de fetos retocan los pianos que dan a salvar la melodía sencilla que mueve la hoguera, de los baños del palacio de Gobierno, de la bandera enorme que da sombra a las mascotas y viejas locas que detienen sus miradas calurosas a punta de clítoris patriotas neoliberalistas y narcóticos.

Y bajo en la estación los héroes los enormes caballos de bronce empiezan a cabalgar sobre los siempre pálidos muros, rajados de pinturas y papeles agónicos y el “¡punki mauri las bombas no te olvidan!” en la calle Brasil y los “¡que vivan los que luchan!” , bajo las eternas cornisas de las casonas y los rayados al colorido menstruante de las paciones prohibidas con ese “¡siempre te amaré!” o “¡no me olvides!” que a dejado en algún momento otro ser en nuestras retinas y todo es tan claro y se venden chocolates y sopaipillas y sexo, sexo pegajoso, apresurado en los conventillos extranjerizados, donde yo también me siento distante, y los bancos íntimos por donde pasan asaltos, donde roban carteras y virginidades, y salones donde beber y salmos, y gritos, y risas, y meditaciones, y panfletos, y multitudes, y bombas, y lumas, y acarreos, y palacios, y perros, y gritos, y furgones enormes donde alcanzar la patria entera, para convertirlos en detenidos y así detener los tiempos, pero no la producción, ni el circo, ni el baile, porque debemos seguir bailando para olvidar el paso terrible y tétrico de esta Democracia con formación militar.

Y ya más cerca termina mi vista y la micro empieza a parar, y con enorme cópula donde hormigas humanas comparten con hormigas humanas, y paralelos, perplejos, odiosos y tristes miran los letreros de los buses, donde enormes choferes despiertos echan ruido a la tabaquería…

Quisiera estar tan lejos, tomar uno de estos buses y volar, volar donde la sangre de la Alameda corta el fluido y cicatriza como las lágrimas que al amanecer no esperarán, como las lágrimas que han quedado en mi pecho, lloradas por la cara más noble y triste, más pequeña y deliciosa, más audaz y destructiva. Donde algún día fui un rey…

Y ahora me resigno llenar de botellas vacías el Mapocho, y hacer un puente de puchos a medio apagar… pipi