Los Larraín, Salfates y traficantes: las caras de la desigualdad

Somos un país desigual, discriminador y elitista. Extasiado de “pituto y amiguismo”, somos el país de los favores. Como si fuera poco, adoramos las comparaciones sociales, pero nos duele en el alma cuando el sistema nos discrimina por nuestro origen, ropa, color de piel, por el peso de nuestra billetera o por la forma en que hablamos. Y a pesar, de que la clase política nos pretenda hacer creer que el país lo conformamos todos los chilenos, que somos un único Chile, lo cierto es que nuestra sociedad está fragmentada, compuesta por distintos grupos, políticos; económicos; culturales; religiosos; medioambientales; artistas, migrantes, etc.

Entre estos grupos existirá siempre una división, algo que los diferencia, y que en suma, determina su posicionamiento en el sistema. La división está supeditada a  la capacidad efectiva de influencia que poseen algunos para obtener un beneficio a su haber, es decir, poder. Basta con leer a Maquiavelo para entender la importancia del poder en la construcción del orden y la dominación, y de qué forma este debe ser utilizado. Es por ello, que en función del poder, es cómo podemos determinar nuestra ubicación en el sistema de dominación.

Lo anterior, permite remitirnos a la realidad, puesto que han acontecido distintos hechos recientemente, los cuales permiten entender de forma más gráfica lo expuesto.

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El primer hecho se relaciona con Benjamín Echeverría Larraín, sobrino del Honorable Senador Hernán Larraín. Condenado a 5 años de libertad vigilada, luego de que fuese arrestado con 2 kg de cocaína de alta pureza, y 7 millones de pesos, producto de la venta de dicha sustancia. Contra todo pronóstico el hijo del Honorable se salvó de caer en prisión. ¿Cómo? Se preguntará usted. Lo mismo me pregunto yo. A su haber, Benjamín Echeverría tuvo: ser pariente directo de un Senador de la República, pero no de cualquier Senador, sino que, de uno de los más insignes políticos de la derecha chilena, parte del oficialismo, miembro de la UDI, partido político con tremendo peso e influencia en el mundo privado. Esto permitió que el Senador enviase una carta, apelando a la buena crianza y al estatus social, pretendiendo ser una especie de barómetro de proporcionalidad, en cuanto a los valores, conducta, imagen e irreprochable tradición familiar. Siguiendo la línea, El Mercurio llevó a cabo, un saneamiento público en su suplemento “Sábado”, una limpieza de imagen. En ningún momento, la palabra delincuente, drogadicto, rufián o malhechor, fue usada como apelativo a la condición de imputado de Echeverría.

Los otros dos sucesos, se refieren a hechos televisivos, que guardan directa relación con Echeverría. El primero, es totalmente símil a lo acaecido por el sobrino de Larraín. Me refiero a la detención del rostro televisivo Juan Andrés Salfate, detenido en un operativo antinarcótico. Más allá de los pormenores, es interesante observar la forma, con que se manejo el tema en el canal al cual Salfate presta servicios. La respuesta fue la utilización de un espacio televisivo por parte del mismo Salfate para limpiar su imagen, asumir responsabilidades, victimizarse y con esto, apelar a la emotividad de la audiencia. En resumidas cuentas, un perdonazo.

El tercer caso, se relaciona con los exhibido por el programa “En la mira”, en el cual se retrató el grave problema del tráfico de drogas; prostitución; y mafias de los inmigrantes en Chile, específicamente del alto número de colombianos que han llegado al país, muchos de forma indocumentada. Sin embargo, en este caso, el hecho tuvo una connotación negativa, condenatoria y totalmente implacable. A diferencia de Echeverría y Salfate, los colombianos no tenían un pariente influyente, tampoco un apellido importante, ni formaban parte del jet set televisivo, como para al menos, exponer su “realidad”.

De esta forma, presenciamos a diario asesinatos de imagen, juegos irresponsables con estereotipos sociales, raciales y culturales. Sin intención de negar un problema o pretender tapar el sol con un dedo, evidentemente existe una problemática migratoria. Pero ¿Es esa la forma correcta de abordar un tema tan delicado? De igual forma pero desde la vereda de enfrente, presenciamos constantemente perdonazos a empresas del retail como Johnson´s; parcialidad de la ley sobre empresarios como en el caso La Polar; saneamiento de imagen como el caso Echeverría Larraín; hipocresía en la política y en la televisión. Justamente aquellos quienes más hablan de ética, son los que menos suelen ponerla en práctica.

Con estos tres casos, queda en evidencia como el discurso moral y ético de los gobiernos se cae a pedazos cuando la controversia se acaece sobre ellos mismos o en aquellos que los rodean. Es decir, toda la normativa vigente, justicia, imparcialidad, Estado de Derecho, autonomía; códigos de conducta, como las nociones sobre lo moralmente correcto, se relativizan según la capacidad de poder que se ostenta. Es la elite finalmente, quienes determinan cuando hablamos de justicia o barbarie, cuando el fin justifica los medios, y cuando no. Bajo que circunstancia somos delincuentes, parte del lumpen, traficantes, ladrones; o buenos ciudadanos, hijos ejemplares, buenas personas, ciudadanos. Y cuando merecemos ser perdonados, enjuiciados y sosegados.

Como lo explicitó Robespierre brillantemente: “¿Hasta cuándo el furor de los déspotas será llamado justicia y la justicia del pueblo, barbarie o rebelión?”

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