La tragedia del olvido

iquiqueLas dos tragedias que han ensombrecido y enlutado a nuestro país, el terremoto en el norte y el incendio de Valparaíso, no sólo son producto del capricho de las placas tectónicas ni del viento que arrastró las llamas hacia seis cerros del puerto y patrimonio de la humanidad, sino que también es la evidencia materializada de una pobreza oculta tras construcciones de cholguán, tabiquería de yeso prensado y cajas de cartón. Una realidad frágil, mermada con el tiempo, fruto de una mala planificación urbana, todo transmitido en vivo y en directo hacia el mundo.

Duras imágenes de sufrimiento, pánico social y daños irreparables en la infraestructura nos demuestran la vulnerabilidad que tenemos como país, de un crecimiento rápido pero desordenado, de una evidente falta de voluntad política para hacer los ajustes y tomar medidas tan obvias como urgentes.

Un país que se jacta de ser el jaguar de Sudamérica, con sus ostentosas cifras que revelan una posición privilegiada en términos económicos, hoy arrastra dos heridas tan profundas como dolorosas, heridas que no son cubiertas por ningún seguro gubernamental, suturas que finalmente están siendo mitigadas por sus propias víctimas.

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Porque de todo lo negativo que podemos mencionar tras estas dos tragedias, no podemos dejar de rescatar la solidaridad que ha unido al pueblo chileno. En el caso de Valparaíso, el alcalde Jorge Castro realizó un llamado a que no sigan llegando voluntarios a la ciudad, pues según grupos organizados, esto podría ir en detrimento del proceso de retiro de escombros en algunos puntos del puerto. Y es que fueron miles los que subieron diariamente a los cerros siniestrados, en calles muy estrechas, impidiendo el trabajo de la maquinaria pesada.

Los centros de acopio durante los últimos días estuvieron volcados a la exclusiva recolección de alimentos no perecibles y artículos de primera necesidad para las víctimas de Valparaíso, contrariamente en el norte, escasean los voluntarios y prácticamente es nula la ayuda material y humana que éstos perciben. Las magnitudes de ambas catástrofes si bien son diferentes, revelan una severa falla en la distribución de los recursos. Así como Chile se pone la mano en los bolsillos para ayudar a las víctimas del puerto de Valparaíso, no podemos olvidar a las víctimas de Arica e Iquique y por sobre todo, a aquellos que viven en los pueblos desolados al interior.

“Los pobres no elegimos donde vivir” fue la polémica respuesta de una mujer porteña ante la pregunta de un periodista radial de por qué vivía en un lugar tan peligroso. El consuelo y la ayuda, es que al menos un periodista cubría la nota y la transmitía al resto del país.

Para la gran mayoría de los medios de comunicación, el terremoto del norte ya es noticia vieja, no hay espacio en la parrilla programática para exponer la cruel situación en la que aún se hallan miles de damnificados. Seguramente los más necesitados del norte tampoco eligieron donde vivir, lamentablemente ellos no sólo son víctimas de un desastre natural, sino también un centralismo frío, de una falta de memoria colectiva.