¡Valparaíso, siempre con las mismas pilchas!

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Me miro frente a este espejo carbonizado y aparece el mismo…

Tantos años gobernando y me tenís sin grifos, sin canaletas y sin la alcantarilla que tanto me prometiste.
Aquí me tienes, abrazado a las ratas para hacer el quite a este infierno incandescente. Las ratas son nuestros dignos aliados de alcantarilla y mojonería…
Intento escurrir el herpes de la pobreza y no doy abasto, no doy abasto porque tu hollín me impide ver el camino que debo seguir. Se expande entonces mi aceite sopaipillera por los hilos cumas de mis postes destartalados en esta cuesta de mi existencia.

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Suba, no más, señor, señora… No le costará llegar; yo subo y bajo todos los días de mi vida. He bajado a escucharle en la plaza, he agitado mi lienzo en apoyo por todos los cambios. Y he subido para volver a llorar junto a los míos.

La basura expulsa su tricolor insulto, los vientos engalanan nuestras mechas de tercera clase y nuestra orina se confunde con el riachuelo impotente de aquel bombero a medias.

Tanto años gobernando y me tenís con los mismos dientes, abrazando la caries de esta inmundicia por la que has pasado de largo, masticando este pernil rasqueli de mis sabrosas fiestas de tinto y cuchilladas. Aquí estamos, le dijimos a usted cuando vino con el discursito de siempre, con la bandera de siempre, con su taconear chilensis de siempre; con su care raja de siempre…

Ahora arden mis rincones y se extiende mi olor obeso por sus cielos de desarrollo, aquí le traigo el olorcito de esta carne pobre, muerta sobre su parrilla politiquera de “bla blás” y de “se lo prometo”.

Sin quererlo yo, le invito a pasear por el anticucho dolorido de nuestras miserias. Porque la verdadera miseria es esta, aquella que clava mis carnes sin cuecas ni trotecitos que le alegren su fiesta mentirosa. La misma que se tuesta en este instante con el grito desgarrador de las carencias.
Mientras, señor, señora, yo hago dormir a mis guaguas con esta canción tibia de fogones y vientos…

Y le canto mi canción de siempre:
No quiero que crezcas, hijo. Quiero evitarte el reto-docente de tu escuela numérica, la información-limosna de profesores que pelean por rebuscar en el relleno de la empanada-aguinaldo alguna moneda de sobra para sostener lo que parece ser el cimiento nacional de sus propias miserias. Quiero ahorrarte la burla-cuica, el maltrato-gerencia de los hospitales y los banquetes presidenciales del Chile mitómano. Quiero evitarte la mentira-candidato, la desvergüenza-diputado, la salud care raja carcajeándose de mis tetas lacias, arrugadas y oprimidas. Quiero ahorrarte la desazón frente al televisor nacional que relata las veces que los niñitos albos y transparentes de allí arriba, han cambiado su bicicleta-la raja por una más bacán.
El fuego lo consume todo, hijo mío. Es menos doloroso que el hambre, vas a ver. 
Y tu padre y yo nos miramos y te cogemos en nuestros brazos calientes para que juegues proleta con el tambor-cuma de nuestros corazones hirviendo, mientras mis íntimos exhalan el perdón-vientre por haberte parido.
En unos minutos más, mi niño, olerá todo a la cebolla de siempre, a esa cebolla que aperfumó tu corto andar por estas hectáreas de terror y de hambre y que ahora, con tu sangre de niño chilensis, se mezcla-prieta para divertir a la modelo rubio-caoba-tonto que lee el telediario nacional con su macro hocico de silicona.

Antonio Toño Jerez – Dramaturgo/Pedagogo teatral (Tocopilla/Madrid)