“Ghost in the shell”… como la humanidad cede paso a la tecnología

Un mundo futurista donde la tecnología está apabullando a los seres humanos y un remake tardío del clásico animé, pone en vitrina la nueva tendencia de Hollywood: de buscar ideas en aquellas series o mangas que alguna vez impactaron por su desolada visión de un mundo caótico y sin esperanzas.

base_imageTuvieron que transcurrir veinte años para que Hollywood, siempre ansiosa por encontrar ideas renovadas, se animara a producir su versión de la célebre ‘Ghost in the shell’. Antes, hubo una larga apuesta con títulos de desigual calidad que escarbaron en la ciencia ficción para convertirse en películas: ‘Matrix’ (1999), ‘A.I. Inteligencia Artificial’ (2001), ‘Minority Report’ (2002), ‘Avatar’ (2009), la teleserie ‘Westworld’, dejando de lado ese monumento fílmico que fue ‘Blade Runner’, clásico absoluto de Ridley Scott.

El que se atrevió fue el director Rupert Sanders, quien parte su filme tratando de dejar en claro que no espera reinventar nada. Al contrario, deja bien claro que  muchas de las escenas están absolutamente inspiradas en el manga original, publicado en 1989 por Masamune Shirow.

La película se inicia con una clara referencia a los filmes ‘Metrópolis’ de Fritz Lang y ‘Blade Runner’, de Ridley Scott, especialmente por el concepto de construcciones, el empleo de los elementos visuales y la ciudad retratada como un laberinto de tecnologías. Retrata un mundo en el que los seres humanos pueden reemplazar con maquinaria partes de su cuerpo, con lo que se ha generado una civilización mixta entre humanos y seres mitad máquinas. En ese contexto alucinante, Mayor (Scarlett Johansson) es un prototipo: una conciencia humana implantada en una anatomía hecha de piezas mecánicas y una de las primeras que sufrió estas transformaciones de una tecnología apabullante.

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Mayor trabaja para una división secreta del Gobierno que lucha contra el cibercrimen y el terrorismo. En el inicio del filme, mientras persigue junto a su equipo a un misterioso ‘hacker’, poco a poco va descubriendo detalles acerca de su propio pasado, y tomando conciencia de cuán peligrosa puede ser la manipulación de los cuerpos humanos a partir del empleo de la ciencia y las tecnologías asociadas.

Guardando las proporciones, el personaje de Mayor es como el monstruo de Frankenstein, solo que esta vez se ha fabricado a partir de elementos biónicos y no de trozos de cuerpos muertos.

La actriz Scarlett Johansson se ha venido especializando en interpretar papeles en donde ella es una criatura especial: la vimos como un encantador software en ‘Her’ (2013), como una alienígena en ‘Under the Skin’ (2013) y una máquina mortífera en ‘Lucy’ (2014), con lo cual ella misma estaría dando inicio a una suerte de subgénero: el de la actriz que se caracteriza por la interpretación de máquinas o entes que van más allá de lo humano.

Si bien el planteamiento de la película ya no es tan inquietante como lo fue hace veinte años antes, sigue siendo interesante comprobar cómo la humanidad cede paso a la tecnología, perdiendo su esencia y dejándose dominar por ella.

Donde el filme actual se entrampa es cuando se trata de imponer un aliento de profundidad a una historia que, actualmente, pudo ser elaborada de manera más lúdica, provocativa e irreverente. Por ello molesta que los personajes siempre se encuentren recitando diálogos que pueden resultar en el ‘anime’, pero que hoy ya no tienen el tono oscuro y poético de entonces.

En su estética visual es fascinante la construcción de ambientes y el empleo de geishas androides, pero molesta que se siga abusando de las peleas ralentizadas bajo la lluvia (¿hasta cuándo la marca ‘Matrix?).

Considerando lo anterior, esta película no es más que otra historia del bien contra el mal, estilizada y estereotipada en las que Scarlett Johansson enfundada de un traje que la hace parecer desnuda salta desde los rascacielos y atraviesa ventanales, con una estupenda utilización de los avances en materia de posproducción digital. Pudo ser un notable filme negro ambientado en un futuro (no tan) lejano, pero se quedó con un envoltorio llamativo en desmedro de un contenido más profundo.