Era el tiempo en que los grandes monumentos de la Plaza Colon y de la ciudad de Antofagasta estaban por existir. Ese tiempo en que la ciudad pasaba lentamente de una pequeña y esforzada localidad enclavada en medio del desierto costero, casi resbalándose al mar, a una metrópoli  con vida y futuro propio que se habría valiente y decidido paso entre las dificultades propias de los primeros años del siglo XX.

Ese tiempo expectante y frenético en que las ideas eran solo aspiraciones gigantescas y para algunos ciudadanos irrealizables. Ideas que solo vivían en los corazones soñadores de unos pocos  Antofagastinos de buena voluntad que veía con preocupación cómo se comenzaba a aproximar el primer centenario de la República y para ellos era condición fundamental que  la pujante ciudad de Antofagasta debía estar a la altura de las grandes festividades e inauguraciones nacionales con que el país pretendía celebrar lo que fue su  tan accidentado Primer Centenario.

Pero junto a este sentido patriótico que siempre ha acompañado al pueblo  antofagastino  desdé sus inicios como ciudad, también los ha acompañado un sentido de justicia y amor por su tierra que tal vez sin ser demostrado con tanta efusividad carnavalesca como en otras ciudades del norte grande, se expresó fuertemente en Antofagasta con la creación de organizaciones sociales de ayuda mutua o al prójimo que aún perduran en la ciudad. Acompañaba a este sentimiento social, una visión de   progreso inmobiliario importante y muy destacado para la época por parte de varios connotados servidores públicos, especialmente los ediles y por supuesto de la aristocracia minera y comercial Antofagastina que producen en los primeros treinta años del siglo XX innumerables construcciones que hasta el día de hoy engalanan nuestra ciudad.

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Pero también entre gran parte de la población y en el país, especialmente en la gran zona norte por eso tiempo había comenzado a encubarse y a quedar de manifiesto un sentimiento de injusticia social y explotación laboral en los cientos y cientos de trabajadores que laboraban en las distintas faenas mineras, portuarias y comerciales sin mayor  protección o seguro que la fortaleza de su propia contextura física, su destreza en el trabajo  y los cuidados  paliativos de sus  familias en caso de necesidad o accidente.

Este sentimiento de búsqueda de  justicia y protección laboral, se expresó claramente en la formación de las mancomunales obreras que se inician documentadamente en la ciudad de Antofagasta por el año 1900 con la organización de los trabajadores portuarios quienes levantan las primeras demandas y  peticiones propias de sus sacrificadas  faenas de embarque y desembarque y  que sirven de inspiración a los trabajadores del Ferrocarril Antofagasta Bolivia para expresar una sentida demanda que durante años les aquejaba y que con el crecimiento de la ciudad se les había agudizado. 

La ciudad cada día se expandía más en dirección a los cerros y a cuanto llano fuera posible, los obreros buscaban distintos despoblados o solares para comenzar allí a construir sus precarias viviendas que con los años y acontecimientos daría origen a los primeros barrios obreros de Antofagasta ya que los arriendos en los lugares céntricos y cercanos al ferrocarril eran sumamente costosos y sus precios se elevaban aún más con la llegada de cientos de inmigrantes venidos de Europa. En este grupo de trabajadores se encontraba la gran mayoría de los obreros del ferrocarril que por el año 1904-1905 vivían en los sectores periféricos se la ciudad y debían recorrer grandes distancias a pie para llegar sus puestos de trabajo.

El año 1906 comenzó con una serie de inquietudes por parte de los trabajadores del ferrocarril, especialmente liderado por un aguerrido gremio de hombres acostumbrados a un trabajo duro y en extremas exigencias físicas y peligrosas condiciones de trabajo… “los Caldereros”. Ellos solicitaban 30 minutos más de descanso sumados a la hora con que ya contaban para su colación. Esta petición se basaban en que el traslado a sus casas debían hacerlo caminando y consumían una importante cantidad del tiempo solo en trasladarse a sus domicilios por lo alejado que sus hogares estaban de su lugar de trabajo. Los descuentos por atrasos eran muy comunes y severos, menguando a un más sus exiguos sueldos de obreros.  En cuanto al ajuste del horario laboral, no existía legislación al respecto, sin embargo la petición de ampliar el horario de descanso se armonizaba con la normativa nacional que regía el mundo del trabajo.

Cada uno de estos obreros y sus familias pensaban que lo que solicitaban era una exigencia justa, más aun cuando varios de ellos acompañando al excéntrico, por decirlo así, esclavista y duro administrador del ferrocarril, Don Julio Pinkas en  la fundación de la Sexta Compañía de Bomberos un 1 de Septiembre de 1902, habían demostrado compromiso con la empresa y la ciudad de Antofagasta. Era frecuente ver salir a los obreros en sus horas de descanso corriendo a los incendios que afectaban la ciudad para trabajar en su extinción por su Sexta Compañía “Bomba Ferrocarril” en un trabajo bomberil que para la época requería mucho esfuerzo físico.

Según los registros de la huelga, el 20 de enero de 1906 se elaboró una petición formal por parte de una comisión de trabajadores de distintas faenas y empleadores que prestaban servicio al interior del ferrocarril para lograr esta ansiada extensión de 30 minutos más. La mayoría de los empleadores aceptaron las peticiones, excepto la empresa misma de FCAB, quien con su gerente general a la cabeza Don Mapleton Hoskins se mantiene firme en la postura de no a lugar. Seguirán al menos dos infructuosas reuniones y una serie de acciones de acercamiento de las partes, especialmente de los obreros,  para llegar a algún entendimiento, pero todo será infructuoso y no se lograría acuerdo.

Una importante y masiva reunión de efectúa el 29 de enero en el local de la Gran unión marítima de Antofagasta donde se concluye entre aplausos y vítores con el acuerdo de la iniciación de una huelga general. El 30 de enero la ciudad de Antofagasta amaneció completamente paralizada en lo que se refiere a las faenas propias del Ferrocarril y una gran preocupación y tensión social recorre cada rincón de la ciudad. Pese a esto, la búsqueda de acuerdos continua por parte de los trabajadores y un grupo de caldereros se entrevista nuevamente con Míster Hoskins el primero de febrero, quien acepta los 30 minutos de aumento en el tiempo de colación.  Pero sumándolos al final de la jornada de trabajo. Esta propuesta es rechazada unánimemente por las bases entre pifias y abucheos.

 

“Se acaba de iniciar un movimiento obrero encabezados por los operarios del ferrocarril, para conseguir una jornada de 8 horas y una media horas más de reposo para almorzar tranquilos”

El Industrial, 30 de enero 1906

 

Los días pasaban, la ciudad está literalmente paralizada ya que dicha huelga no solo estaba afectado a los trabajadores y sus familias, sino que a la  ciudad entera y en especial a todos cuanto tuvieran que ver con el ferrocarril. En las calles se podía notar claramente una gran preocupación e incertidumbre en el ambiente.

Entre los dirigentes más destacados de este movimiento se encontraba Don Alejandro Escobar para algunos con filiación anarquista, quien con su capacidad de oratoria, inteligencia y compromiso dirigencial redacta una nueva proclama amenazando con radicalizar el conflicto y colocar como nueva demanda un aumento del 20% de las remuneraciones de todos los trabajadores y exigir una jornada laboral de 8 horas diarias. Esta estrategia de presión, tal vez acertada en el momento que se vivía y aprobada por todos los trabajadores, significo un “silbato” de alerta y preocupación para los grandes inversionistas industriales y salitreros que visualizaron en este conflicto la semilla o llama que podía encender un mayor número de   demandas obreras y multiplicarse  a los diferentes cantones salitreros de la provincia,  generando  un  una serie de pliegos de peticiones propios de cada faena.

Es así que por lo preocupante de la situación obrera que se vive en Antofagasta, un importante número de comerciantes, empresarios y administradores se reunieron en el Club de la Unión de Antofagasta para la creación de lo que ellos denominaron “Guardia del Orden”. Una vez tomado el acuerdo de la formación de dicha guardia, se lo comunican de inmediato al intendente de Antofagasta Don Daniel Santelices quien aprueba la medida. Además le  solicitan a la autoridad, apruebe la instrucción en el manejo de armas por parte de personal del Regimiento N°7 de línea “Esmeralda”, por ese tiempo bajo las órdenes de Don Sinforoso Ledesma. Esta guardia del orden, quien alcanza una importante dotación de 100  integrantes es dirigida por Don Adolfo Miranda y recibe preparación militar y una cantidad indetermina de fusiles de infantería por parte del ejército de Chile.  Para el día 6 de febrero la “Guardia del Orden” estaba completamente armada y con instrucción de tiro, además el Intendente Señor  Santelices solicito para ese mismo día, 6 de febrero,  que un piquete o contingente de marinería de la Fragata Blindada Blanco Encalada, enviada por el gobierno del presidente Don German Riesco Errázuriz, desembarcara y tomara  ubicación en la esquina de los edificios públicos, hoy Calle Prat esquina Washington.

Para algunos historiadores, los huelguistas el día 6 de febrero ya sumaban los 4.000 paralizados, los cuales habían acordado reunirse a las 17:00 P.M. horas en la plaza Colon para un “mitin”. Ya tipo 12:00 A.M. hora algunos grupos menores de obreros habían provoca disturbios en las calles céntricas de la ciudad, como lo informa el diario el comercio, por lo que el Intendente ordeno prontamente la prohibición de la venta de alcohol en la ciudad, así como el porte de armas blancas o de fuego, además de prohibir reuniones masivas con el fin de cuidar el orden público.

“En la mañana un grupo de huelguistas apedreó y después destrozó una máquina del ferrocarril sin que las fuerzas supiesen contenerlos. Más tarde como a las 2, otro grupo de gente anónima que nunca falta en estos casos, asaltó una carreta cargada de cajones de cerveza y que pasaba por la calle Prat entre las de San Martín y Latorre”

El Comercio, 9 de febrero de 1906

El día martes 6 de febrero de 1906, más de 2.000   obreros comienzan a eso de las 16:00 horas a enfilar en dirección a la plaza Colon para escuchar los discursos, entre ellos a Don Luis Emilio Recabarren Serrano editor del periódico “La Vanguardia” y futuro diputado por el distrito de Tocopilla y Taltal y las alocuciones de los diferentes dirigentes, quienes informarían del avance o no avances de las negociaciones. Entre las filas de los trabajadores ya se vivía un sentimiento de hostilidad por la ausencia de las autoridades en la búsqueda de acuerdos y entendimientos. Antes del término de los discursos y cuentas de los dirigentes, hizo su aparición desafiante y en la clara búsqueda de conflicto la auto denominada “Guardia del Orden”, lo que produjo la ira y exaltación de los huelguistas Tras un intercambio de consignas primero, el conflicto comenzó con los disparos a mansalva y sobre seguros por parte de la “Guardia del Orden”, quienes dispararon desde la Plaza Colon y con algunos tiradores apostados estratégicamente en el Club de la Unión y a lo ancho de la calle Prat.  Los obreros desarmados y víctimas de este poderoso poder fuego huyeron en dirección hacia la costa encontrándose de frente con el piquete de la marinería, también fuertemente armados los cuales “creyendo ser atacados” por gente desarmada que huía de las balas, abrieron fuego indiscriminadamente contra los huelguistas. La matanza, según testigos sobrevivientes, duró aproximadamente 3 minutos de letal fuego cruzado.

Según informes oficiales del gobierno de la época, 48 personas resultaron muertas, aunque testigos y sobrevivientes hablan de aproximadamente 300 personas fallecidas, algunos de ellos con varios disparos en el cuerpo. No existe registro documentado en el registro civil ni en el cementerio municipal de Antofagasta por lo que el número de trabajadores asesinados será siempre una incógnita que vivirá en la memoria de la ciudad.Durante la noche, y cuando todo estuvo más tranquilo, por orden de las autoridades los cuerpos fueron levantados e inmediatamente trasladados al cementerio municipal, mientras los heridos eran atendidos.

Los disturbios continuaron el miércoles 7 de febrero cuando una multitud saquea e incendia la tienda “La Chupalla”, este incendio fue tan devastador que arrasa también con el periódico “El Industrial”, antes que los bomberos de Antofagasta puedan controlarlo, otras instalaciones comerciales y ferroviarias también fueron incendiadas por los manifestantes. Ese mismo día un puñado de huelguistas sobrevivientes persiguió y asesino al Inglés Richard Roger, acusado de ser uno de los tiradores de la Guardia del Orden.

El movimiento de trabajadores sobrevivientes decide deponer las movilizaciones el jueves 8 de febrero y presentarse a sus trabajos el día sábado 10 de febrero  1906 después de una serie de mediaciones en las cuales destaca el Obispo de Antofagasta Don Luis Silva Lezaeta.

Durante muchísimos años esta tragedia de la ciudad ha permanecida alojada en la desidia y en el olvido acordado y conveniente. Para muchos antofagastinos la Plaza Colon de la ciudad solo parecieran un lugar de sano esparcimiento, de juegos infantiles, de música y retretas domingueras, de agradables jardines o desfiles cívicos y militares. Pero en lo profundo de su historia, en lo más hondo de su tierra ahora vegetal, donde habita la arena ripiosa primigenia están las gotas de sangre obrera inocente que construyeron esta ciudad.

 

Ricardo Rabanal Bustos

Profesor, Cronista y Bombero