Su nombre era Teófilo Sanhueza. Murió a los 58 años, carente de vínculos y esperanzas. Su único patrimonio era la compañía de sus perros, quienes, incluso cuando ya no respiraba, se mantuvieron a su lado. Los vecinos del barrio donde vivía cuentan que era común verlo tocando guitarra, pero en sus últimos días dejó de comer. Sólo tomaba vino. ¿Qué pasó en su vida?

Sabemos que no habrá reformas legales, ni debates en el congreso, ni datos individuales que respondan esta pregunta. Y no se trata sólo de una muerte aislada, de un hecho lamentable como dirían los políticamente correctos. En lo que va de 2019, ya se cuentan tres muertes de personas que vivían en la calle en Chile: Teófilo en el Parque Japonés de Antofagasta y otra en la Plaza Colón, también de nuestra ciudad, además de Alex Vargas en Puerto Aysén.

En nuestra región hay más de 800 personas durmiendo a la intemperie. Muchos mueren sin que exista un registro oficial de ellos; es como si no hubieran existido. El 84% son hombres, más del 41% presenta problemas de consumo de alcohol y otras drogas. Algunos no cuentan con acta de nacimiento ni saben cuántos años tienen. Son como transeúntes de paso que van de una calle a otra, de un rincón a otro, invisibles para el resto, intentando sobrevivir.

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En Antofagasta no existe ningún programa público o privado destinado a resolver de manera integral problemáticas vinculadas a la condición de calle, incluyendo, por ejemplo, atención psicosocial y soluciones habitacionales. Las hospederías son súper necesarias, pero esto tiene que estar acompañado de respuestas sostenibles a largo plazo.

Según el Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, el 90% de los que nacen pobres mueren pobres por más esfuerzo que hagan. Si sabemos que las personas que logran recomponer una vida llena de lagunas y heridas son las menos, hagamos todo lo posible por impedir más muertes como la de Teófilo, a quien ya no escucharemos más tocando su guitarra.

Andrea Cox García, Hogar de Cristo Antofagasta.