Si hace muy poco tiempo, apenas unos siete u ocho años, se le hubiese preguntado, a varios, si Chile, un día, ganaría o no la Copa América, tajantemente la gran mayoría hubiese respondido que no; algunos hubiesen agregado que eso era un asunto de “raza” (véase la película-documental acerca de la Roja, de 2010, “Ojos Rojos”). Hoy, no es tan descabellado pensar que existe una real chance de ser tricampeón. A lo menos, Chile ha demostrado que tiene las armas para defender “con dientes y uñas” sus dos títulos consecutivos. Si el lenguaje construye realidad, los hechos destruyen los prejuicios.

Hubiese sucedido lo mismo si, a esa misma gente, se le hubiese preguntado si Chile fuese o no un país corrupto. La gran mayoría hubiese respondido por la negativa, oponiendo nuestra particularidad a los países que conforman nuestro vecindario. Años después, forzoso es constatar que de particularidad tenemos muy poco, los “ingleses de América” siendo en realidad muy “bananeros” en numerosos aspectos, empezando con lo que concierne la corrupción; el gran destape naciendo con el escandalo de las boletas, malamente denominadas, “ideológicamente falsas”. Los políticos, libres de cuerpo, boleteaban al gran empresariado por servicios rendidos, realizando para ellos gestiones remuneradas. “Face of wood”.

La pregunta que hizo ,este domingo, el Mercurio de Antofagasta a diferentes actores, está mal planteada. No se trata tanto de saber si hay más corrupción que antes, porque para asentar tal afirmación habría que apoyarse sobre hechos concretos y no preguntar eso directamente a “políticos”. De facto, la mayoría de los entrevistados indicaron que desconocían si había aumentado o no. Lo que si se puede afirmar, es que los patrimonios de los partidos políticos, esencialmente los de centro izquierda e izquierda, han aumentados comparado a los que eran a inicio de los noventa, justo al regreso de la democracia. Su crecimiento más que aritmético, ha sido exponencial.

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Ahora, las preguntas que deberíamos plantearnos son más bien ¿hasta dónde nos va a llevar el principio de transparencia que se está aplicando hoy en día?; y al imagen de lo que sucede con el impreciso concepto de “clase media”, ¿qué se entiende por “corrupción”? Porque, por un lado, si empezamos a mirar hasta donde nos llevan los cuestionamientos a numerosas operaciones de instituciones publicas o en el mundo privado, podemos observar que la cuasi totalidad nos llevan al goce, para algunos, de situaciones hegemónicas de poder.

Por otro lado, se debe tener claro que desde Cicerón sabemos que el nervio de la guerra siempre ha sido y será el dinero, “Pecuna est nervus belli”; y que por ende las maneras de “hacer caja” son múltiples y se relacionan a su vez con los conceptos de “trafico de influencia” y, el más popular, de “apituteo”.

Es a través de esos prismas que debe entenderse el análisis en Antofagasta TV que se muestra a continuación, considerando que, en la ciudad, hay varios ilustres que llevan 3 o 4 campañas electorales consecutivas y que una campaña cuesta dinero. Y no poco. Es difícil saber con certeza cuanta corrupción hay; lo más accesible es hacerse una idea a propósito de en quienes estamos confiando y a quienes permitimos tener las riendas de la región. Y no sentir vértigo respondiéndose a si mismo.

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