Así se mendiga salud en Antofagasta

Carencias del sistema público son generadas por vicios legales y la actitud displicente de los profesionales que atienden las diversas especialidades.

Por Jaime Nelson Alvarado García.

Acompaño a un amigo de la infancia –hoy en el ocaso de su vida- a solicitar atención médica en el hospital local. Viudo hace siete años, la vejez lo tiene a mal traer. Sin compañía familiar por eso de las distancias, decido partir con él cerca de las 06:25 horas. Me aguarda bien presentado y con unos papeles en una pequeña carpeta. Salimos raudos.

Llegamos a la sala de espera, donde un guardia le señala con voz poco amistosa: “Usted es el número cuatro”. Son las 6:50 horas. Busco y busco y no hay nadie más en la sala. Pregunto por los tres que nos anteceden, el guardia me responde con un cortante… “Están por llegar” y se aleja. Mi amigo revisa su carpeta y manifiesta que están todos sus papeles. Muestra uno en que se le cita para este día y hora. Se lo dieron en julio  -hace cuatro meses– cuando las molestias le obligaron a recurrir a solicitar atención médica.

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Cerca de las 07:30 aparece una persona que ocupa un lugar en la sala de espera. Luego otros, hasta que el recinto comienza a repletarse. El guardia –impertérrito- reparte posiciones y ordena a los pacientes frente a diversas puertas.

Una dama de blanco llega oronda, pavoneándose. Entra en una de las oficinas y sale llevando una serie de carpetas. Dos ancianas, casi desvalidas, le imploran atención. La mujer las desoye y no deja de caminar con tranco largo, contoneándose. Hizo caso omiso de las plegarias de las dos mujeres, que al no tener respuesta, vuelven a sus asientos.

Son las 07:55. El guardia se pasea como carcelero. Su gesto y su actitud así lo demuestran. Mira sin ver… Oye, pero no escucha… Mi amigo se prepara, porque debiera ser llamado de los primeros. Se abre una puerta y una funcionaria llama al primer paciente: Una anciana camina, se detiene en la puerta y entrega unos papeles. Ingresa a la consulta y en dos minutos está afuera. El familiar que la acompañaba la toma del brazo y se va resignada: “El doctor está operando y no la va a atender hasta en dos meses más… Tiene que pedir hora nuevamente…”-dice su acompañante. Va con los ojos llorosos.

Fuente: Colegio Médico

Viene el turno del segundo paciente. Acude presto al llamado y en dos minutos sale con un papel en sus manos. Tuvo mejor suerte. Le dieron una interconsulta para el traumatólogo. Cojeando lastimosamente camina a pedir hora para dicho especialista. Lo abordo cuando viene de regreso. Con una sonrisa humilde, me cuenta que “le dieron hora para el 26 de noviembre…”. Rengueando con dificultad, lo veo partir con un dejo de satisfacción. A lo menos tiene esperanzas que será visto por un médico.

Aparece el primer médico

Son las 08:37 y aparece el primer médico. Entra a una oficina y permanece en su interior tan solo dos o tres minutos. No atiende a nadie. Una paciente lo reconoce y me comenta que es el “internista”. Una funcionaria corre tras él, conversa unas palabras y regresa, moviendo las manos y haciendo aspavientos. Los pacientes la miran desesperanzados…“El doctor va a pabellón…” –dice. Luego ordena que se acerquen a la ventanilla, para darles hora para fines de noviembre…

Todos los que pueden llegan hasta allí. Una mujer muy anciana tropieza y cae. No logra llegar a la ventanilla. A tres metros del episodio, el guardia sigue inmóvil, mirando al frente, sin ningún atisbo de prestar atención a la mujer, a quien yo ayudé a reincorporarse.

La desvalida mujer me comenta que solo vino por los remedios…  “La señorita me dijo que no han llegado, así es que tengo que venir dentro de un mes, porque fueron pedidos a Santiago” –responde con una conformidad lastimosa.

Son las 09:50. Le corresponde al turno a mi compañero. Acude a la ventanilla, pero una dama la cierra y le solicita que espere. Llega un personaje con un canasto, al parecer trae sándwiches y otros condumios. Alterna con todos dentro de una concurrida oficina. Risas y más risas. Afuera la espera es paciente, pero para mí es desesperante y limita con una indudable falta de respeto.

Comento a mi amigo y a otros pacientes que todo ese personal, incluyendo los médicos, reciben un sueldo al que todos contribuimos con nuestros impuestos… “Los contribuyentes somos los patrones de estos señores” –les digo, para que levanten su voz y demanden sus derechos a ser bien atendidos. Algunos asienten con movimientos de cabeza. La mayoría, concentrados en sus dolores y pesares, parecen ausentes. Tienen la mirada fija en las ventanillas, desde donde saldrá la voz que los llamará para ser atendidos.

El guardia se arrincona y come algo. De espaldas al público, deja su radio en el marco de una ventana, bebe y come. Se acomoda el atalaje y vuelve a adoptar su posición de estatua.

En la sala son las 11:22 minutos. Mi amigo está adentro del box de atención. Luego de un largo rato, sale del recinto y regresa a la sala de espera. Lo recibo lleno de preguntas, pero me responde algo sorprendente: “La niña se equivocó y puso mi ficha en medicina de tórax, pero yo vengo a que me vea el urólogo. Lo mío son unos cálculos y la próstata” -me describe.

Hasta la tarde

Entonces, otra sorpresa me pone de cara a la dura realidad. Mi amigo deberá esperar hasta las 15:00 horas, porque a esa hora atenderá el urólogo, (a quien conozco en virtud de otras circunstancias). Son las 12:55 minutos y decidimos esperar, para lo cual salí del nosocomio, compré unas bebidas y un par de sandwichs. A nuestro lado, otro grupo de pacientes corre la misma suerte. Fueron citados a las 08:00, pero por diversas razones y circunstancias, serán atendidos –por orden- después de las 15:00 horas.

Sorprendido, compruebo que durante la tediosa espera de la mañana pude divisar solo a tres médicos, un par de enfermeras y a varios auxiliares, a los que identifiqué por su presencia, su uniforme o simplemente por su manera de expresarse.

Recordé un programa de TV donde se desenmascaraba a médicos capitalinos que no van a trabajar, que atienden en la modalidad “express”. Que operan quirúrgicamente en hospitales públicos y cobran como si se tratara de clínicas privadas… Que hacen mal uso de los recursos públicos, que abusan de los pacientes pobres, los postergan o simplemente, les dan hora para seis meses más… Que el 80% de esos pacientes son tramitados y que solo el 20% restante recibe una atención mediocre… ¿Remedios?… “Casi nunca hay” –afirma una pintarrajeada dama que atiende el laboratorio.

Me pregunto el porqué algún canal local de TV no hace lo mismo. Habría muchos a quienes dejar al descubierto… Muchos…

Miro las caras de los pacientes que esperan.  Hay demasiados. Deben ser unos setenta o más, en toda la sala. Todos se ven demacrados por la espera. Son las 14:45 y mi amigo sonríe, porque será el primero en ser atendido, apenas llegue el urólogo. Reconfortados por la bebida y el apetitoso “ave mayo”, charlamos y recordamos aquellos tiempos en que mirábamos el hospital desde lejos. Pero hoy la realidad es otra.

Son las 16:25 y el urólogo no llega. La funcionaria sale de su cubículo y se dirige a los pacientes para anunciarles que “los que tienen hora con el urólogo, le vamos a dar fecha para la próxima semana, porque el doctor acaba de llamar que va a entrar a pabellón…”

Mi amigo va a la ventanilla y esta vez sí que es atendido primero. Pero son las 16:45 minutos y sólo tiene en sus manos un papel con fecha y hora para dentro de siete días. Salimos del hospital con un justificado sentimiento de frustración e impotencia. Pero mi amigo está más resignado y me invita a tomar onces, para lo cual emprendemos el camino hacia el supermercado, a fin de comprar algunos “engañitos” para endulzar las amargas horas vividas desde el alba.

Caminamos, conversamos y reímos. Hicimos comentarios y muchos recuerdos. Compramos lo justo, que fuimos acomodando en un carrito. A nuestro lado, una dama rubia, empujaba otro carro, casi repleto, donde llevaba un niño -de unos dos años- que era mimado con arrullos por aquella blonda madre.

En la fila para acceder a la caja, apareció un varón que besó a la mujer, acarició al niño, depositó un display de cervezas y dos botellas de licor dentro del carro. Luego, se dispuso a cancelar la cuenta. Lo reconocí de inmediato. Un fonendoscopio colgaba de su pecho…¡Era el urólogo…!

N. del Autor: Episodios como el descrito, se repiten –a diario- en todos los hospitales de Chile,
sin excepción alguna. Nadie puede negarlo, pero la salud pública está llena de
carencias, muchas de ellas generadas por los mismos actores. Médicos,
enfermeras, administrativos y auxiliares dejaron de lado la vocación y sin temor a
equivocarnos, podemos afirmar que en este reino de los mercaderes de la salud
el juramento de “Hipócrates” es hoy por hoy una burda falacia, que sustenta la
dolosa transición de “pacientes” a “clientes”.