Créditos: Blas Espinoza Sepúlveda

Esta vez la destrucción en Antofagasta no vendría de las entrañas de la tierra o del mar, sino que de los faldeos de sus áridos cerros que no pudieron absorber la gran cantidad de lluvia que cayó en la ciudad en muy pocas horas y provoco con un saldo de muerte y destrucción sin precedentes en la breve historia de la ciudad.

Para la mayoría de nosotros los Antofagastinos, la lluvia, tan abundante en las regiones del sur de nuestro país, eran en el año 1991 escasísimas para el norte. Podía decirse en esa época que en el litoral entre Arica y Chañaral no llovía nunca. A lo mas, una camanchaca o neblina mojadora del amanecer.

Sin embargo, a veces, muy de tarde en tarde, se dan las condiciones para el excepcional fenómeno de una lluvia que, por muy breve que sea, ocasiona verdaderas catástrofes. Eso fue lo que ocurrió en la madrugada del 18 de Junio de 1991 en Antofagasta.

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La aparición de un viento fuerte y muy cálido que comenzó a barrer la ciudad extrañó a muchos antofagastinos que no le dieron mayor importancia, ya en las primeras horas de la noche la gente dormía plácidamente sin saber lo que estaba por venir. Pasada la medianoche las partes altas de la ciudad, conformadas por cerros áridos y ripiosos con terraplenes resecos, comenzaron a ceder debido a los deslizamientos de tierra convertida en barro por la lluvia.

De pronto, los poderosos aludes que bajaron arrastrado a su paso con personas, viviendas, postes de alumbrado, hasta automóviles estacionados en las calles afectadas, se transformaron en una escena difícil de creer para los Bomberos, Carabineros y el personal de las Ambulancia que a esa hora estaban todos volcados en las calles atendiendo distintos llamados de lo que hasta ese momento eran simples inundaciones naturales para una ciudad no acostumbrada a la lluvia torrencial.

En el Cuartel General de Bomberos, a las 01:30 horas se recibió el primer llamado de una serie que llegaría a contabilizar 262 antes de las 13:30 horas del mismo día.

Es importante registrar estas informaciones no solo como dato histórico para los bomberos Antofagastinos sino por cuanto nuestro país, en toda su extensión, es una zona de catástrofes periódicas, sean ellas terremotos, inundaciones, incendios u otras tragedias que no podemos evitar, pero si prevenir y enfrentarlas con eficiencia que proteja vidas y bienes amenazados.

PRIMERA FASE DE LA EMERGENCIA

Los aludes penetraron profundamente en los distintos planos de Antofagasta que coincidían con alguna quebrada que se adentraba en la profundidad de los cerros que le sirven de marco natural a la ciudad. Se contabilizaron una serie de aluviones en distintas partes, siendo los más importantes los registrados en los siguientes sectores o barrios del puerto de sur a norte:

-Caleta Coloso
-Sector Jardines del Sur
-Entrada sur de Antofagasta
-Edificio Caliche y sector Gran Vía
-Sector Población Covadonga
-Sector Cuartel N°2 del Regimiento Esmeralda, calle Playa Blanca (Quebrada el buey)
-Sector Quebrada Baquedano, que afecto a todo el sector céntrico de la ciudad.
-Sector Calle Buenos Aires
-Sector Calle México.
-Sector Población Ferrobaquedano.
-Sector Quebrada la Cadena, Villa el Salto
-Sector Quebrada Salar del Carmen.
-Sector Población Bonilla.

Dado primero la gran cantidad inundaciones que se registraban en la ciudad, la Comandancia del Cuerpo de Bomberos de Antofagasta, ordenó la inmediata presencia de todos los bomberos de Antofagasta en la emergencia. Esta orden se comunicó por las radios portátiles que muy pocos bomberos tenían en esa época, unas radios escuchas que solo tenían los Directores y Capitanes y que no podían trasmitir. Las diferentes estaciones de radios locales que ya a esa hora comenzaban a transmitir en directo el fenómeno que estaba sufriendo la ciudad eran el único medio masivo para comunicarse con la totalidad de los bomberos.

Horas antes de producirse los aluviones, todos los carros bombas y sus bomberos ya andaban en terreno atendiendo las distintas emergencias producidas por las inundaciones. Inundaciones que algunas horas más tarde se transformarían en ríos de agua, barro y piedras que arrasarían con Antofagasta y su gente.

Las llamadas a la central de Alarmas del Cuerpo de bomberos de Antofagasta fueron transformándose rápidamente desde problemas con desbordamientos de agua en distintas casas de la ciudad a solicitar desesperadamente ayuda por las vidas de personas atrapadas entre escombros, barro y agua.

A consecuencias del barro y el agua que cubrió una extensa zona, se produjeron innumerables amagos de incendio, provocados por cortocircuitos, la mayoría de los cuales fueron controlados por los propios sobrevivientes con ayuda de bomberos.

Al mismo tiempo las distintas Compañías de Bomberos de inmediato, procedían al salvataje de personas atrapadas por los derrumbes o sepultadas por el lodo en una labor que duro días y en la que hubo que sobreponerse al cansancio físico y mental y a la carencia de implementos de rescate.

El Cuerpo de Bomberos de Antofagasta, con sus 7 Compañías y una brigada participó directamente en el rescate de 312 personas. Al hospital local fueron trasportados 162 heridos y otros 700 fueron atendidos por paramédicos y enfermeras de las ambulancias en los mismos sitios de la catástrofe.

Esta primera fase de emergencia se completó con el traslado de cientos de damnificados a los albergues, que fueron las escuelas públicas municipales, señalados por la autoridad. Durante las primeras 15 horas de operación se rescataron 32 cadáveres, lo que indica la magnitud de esta tragedia y la fortaleza física y mental que debieron tener los bomberos Antofagastinos.

SEGUNDA FASE DE LA EMERGENCIA

Hubo que continuar con las tareas de demolición y rescate de atrapados y de cuerpos sepultados durante varios días en conjunto con Carabineros, Ejército y miles de voluntarios civiles, hasta que la autoridad ordeno oficialmente ya el fin de la búsqueda de los desaparecidos.

Una mención aparte y por lo dolorosa que resulto la misión fue cuando a pocas horas de la tragedia se mandó a un carro bomba al Hospital Regional a entregar agua para sus estanques con jóvenes aspirantes y bomberos, pero cuando llegaron al sitio preestablecido, el personal de salud les pide ayudarlos en la triste misión de comenzar a lavar los cadáveres de las victimas rescatadas de entre el barro y los escombros. Hombres, mujeres y niños fueros lavados respetuosamente por los bomberos Antofagastinos, antes de que el barro se endureciera en sus cuerpos y así pudieran ser reconocidos y entregados dignamente a sus familiares que por esas horas ya se agolpaban en las dependencias del Hospital Regional.

Al mismo tiempo, y debido a la destrucción del sistema de agua potable, hubo que dar servicios de agua a hospitales, clínicas y consultorios. También a 45 panaderías, poniendo fin a una descarada e inhumana especulación de agua envasada desatada por el desabastecimiento del vital elemento. Igual servicio se dio a más de 60 albergues, a Carabineros, Armada, cárcel y otras instituciones, y a la población en general por más de 30 días.

La provisión de agua potable fue obstaculizada por diversas roturas del sistema de cañerías, lo que obligó al Cuerpo de Bomberos a destinar carros bomba y aljibes en la planta de filtros (kilómetro 12 a la entrada de la ciudad). Se llegó a cargar con agua a través de las bombas de nuestros carros a 200 aljibes diarios aliviando notoriamente la situación de agua en los diferentes puntos de la ciudad.

Párrafo aparte merece la ayuda solidaria prestada por otros Cuerpos, ninguno de los cuales puede decirse sea “vecino”, dadas las grandes distancias que separan a las ciudades del norte y el destrozo existente en los caminos. A pesar de ello, los Cuerpos de Iquique, Calama, Tocopilla y Mejillones enviaron carros y voluntarios que se sumaron al plan de ataque de la emergencia. El Cuerpo de San Javier, a casi dos mil kilómetro de distancia, fue el primero en remitir en tres grandes camiones ayuda de ropas y víveres para las familia Antofagastinas en especial para las familia de bomberos que habían sido afectadas por el aluvión.

Sin pensarlo ni quererlo durante más de 15 días se formó una fuerza de trabajo formada por diferentes Cuerpos de Bomberos de la Región que concurrieron en ayuda de Antofagasta, todos estos bomberos que realizaron una labor incansable, valiosa y sacrificada debían ser atendidos en alojamiento y alimentación. El alojamiento se dio en los propios cuartes de bomberos, pero en lo relacionado a la suministro de comidas la coordinación con la Municipalidad de Antofagasta a través de su Corporación Municipal de Desarrollo Social fue fundamental para el abastecimiento de alimentos para más de 100 personas diarias. Comidas y colaciones que fueron preparados por recordados bomberos y damas bomberiles en el Cuartel General de Bomberos de Antofagasta que sirvieron a diario estas meriendas.

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LAS CONSECUENCIAS

El Cuerpo de Bomberos de Antofagasta fue un damnificado más de esta tragedia. Dos cuarteles de Segunda y Cuarta Compañías sepultados en más de dos metros de barro y sus dos casas de cuarteleros perdidas totalmente, y otras tres casas de cuarteleros en otros cuarteles dañadas seriamente. Incluso el Cuartel General resultó con su estructura, techumbre y sistema eléctrico dañado hasta este tiempo.

El material mayor sufrió gran número de averías sea a causa del alud, sea a causa de la sobrecarga de trabajo a que fue sometido. La Intendencia Regional de ese tiempo cubrió los gastos más urgentes de reparaciones para mantener el equipo en operación. El último carro que presto servicio en el aluvión de 1991 fue oficialmente despedido de la dotación motorizada con honores por su Segunda Compañía de Bomberos el 15 de noviembre del año 2014 y hoy completamente reparado presta servicios en la Compañía N° 7 de Puente Alto. En la actualidad de estos heroicos carros del año 91 solo se conserva en calidad de reliquia bomberil el Carro Ford f-600 año 1971 quien es mantenido impecablemente por la Tercera Compañía, bomba Hrvatska, donde presto servicios por más de 21 años.

Si bien los vecinos de Antofagasta fueron sometidos a una dura prueba de sobrevivencia y al principio muchos de quienes no sufrieron daños se agolparon a ver la magnitud de la tragedia a los sectores más golpeados por los aluviones, estorbando de este modo la labor de los salvatajes de personas y recuperación de cuerpos que realiza Bomberos y Carabineros finalmente se dieron cuenta de su inconveniente actuar y rápidamente fueron buscando formas correctas de ayudar.

También miles de Antofagastinos de distintas edades y condición social inmediatamente ayudaron desinteresadamente a los damnificados durante días y meses. A ninguno de los vecinos del puerto se le ocurrió ir a saquear un almacén o un supermercado, aun en los primeros días posteriores a la tragedia, tiempo cuando más escaseo el agua, la comida y la ayuda no llegaba o no se distribuía con la rapidez con que los afectados la demandaban.

Sin quererlo, ni buscarlo se formó una conciencia colectiva de “Antofagastinidad” y un sentido en que en unión podemos vencer cualquier obstáculo y prueba de la naturaleza porque Antofagasta nació y se desarrolló desde la resistencia a los elementos naturales y administrativos de dos naciones gracias a la templanza y vigor de toda su gente a lo largo de su historia en una porfía bendita que nos hace vencer el desierto y hacer fértil esta tierra en minerales y esperanzas de nortinos.

Ese tiempo de tragedia sepultamos silenciosos nuestros muertos, los lloramos con dolor, salvamos a los sobrevivientes y reconstruimos toda la ciudad. Fue un período de prueba y sacrificio que marcará por años a quienes nos correspondió servir en esta tragedia y cuya luz de fe y esperanza fue reflejada plenamente en la frase creada por un valiente profesor Antofagastino, Don Jaime Alvarado García, que esa noche fatídica salió temprano de su hogar, cuando inmediatamente comenzó a llover a abrir su escuela ubicado en lo más alto de la ciudad, escuela que siempre servía de albergue a los más pobres y humildes de Antofagasta y una vez que recibió a todos sus vecinos y apoderados damnificados fue sorprendido por un aluvión en su legendario Jeep azul llevando al hospital regional a un recién nacido accidentado, hermano de uno de sus alumnos y con un Bombero-Profesor como su copiloto.

“Antofagasta mía… Levántate”.