¿Nueva Alianza?

EL PRESIDENTE Piñera no ha cumplido su promesa sobre “la nueva forma de gobernar”. Esto es una realidad. La Concertación tiene un grave problema de credibilidad y confianza pública. Esa es otra realidad. La ciudadanía se indignó y el año 2011 salió a las calles diciendo con fuerza que el “pueblo unido avanza sin partidos”. Así queda claro en las encuestas.

¿Qué camino nos queda? ¿Seguir en las recriminaciones o buscar soluciones? En nuestra opinión, dar respuesta a los problemas que hoy día vive Chile tiene un precio. Es tener el coraje de ser capaz de escuchar, aprender, razonar y cambiar los paradigmas, lo que aparece como dado, inamovible, aquello que para algunos no merece discusión alguna. Esto significa también, entre otras cosas, romper con los propios prejuicios. Conversar y llegar a acuerdos con la derecha no es un drama, así como tampoco lo es con la izquierda. Lo que hace bueno o malo un acuerdo es si el camino que se construye se hace cargo o no de terminar con las enormes desigualdades, injusticias y abusos de nuestro país, y para ello, si es necesario cruzar el cerco, debemos hacerlo, siempre sin afectar los principios y convicciones que nos rigen. Esto es mejorar la calidad de nuestra política.

En ese sentido, más allá de la forma cómo lo hicieron (reprobable por lo clandestino), valoro en el fondo el acuerdo entre RN y la DC. Es un avance para la democracia chilena que un partido de derecha señale institucionalmente su disposición para terminar con el binominal, el presidencialismo exacerbado y regionalizar el Poder Ejecutivo.

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¿Puede la dirigencia negarse a ello? En nuestra opinión, no es posible. Lo hemos dicho en otras oportunidades: si queremos recuperar la confianza pública y acercar nuevamente la política a la ciudadanía, debemos hacer un cambio radical en la forma de hacer política.

La fractura entre el Sí y el No ya no explica al Chile de hoy. No se trata de hacer un borrón y cuenta nueva; a partir de nuestra historia debemos tomar las nuevas demandas y tendencias. En esa línea, ¿estamos dispuestos a una educación pública, gratuita y de calidad? ¿Estamos dispuestos a una democracia más participativa que representativa? ¿Estamos dispuestos a pensar en un nuevo modelo de desarrollo, que sea económicamente viable, socialmente equitativo y ecológicamente sostenible? ¿Asamblea constituyente? Estas son preguntas que debemos hacernos y desde ahí convocar a la sociedad y a las fuerzas políticas.

La voluntad del poder por el poder, sólo para ganar, no puede sobreponerse a la voluntad de hacer los cambios. Para ello debemos también romper con los acuerdos entre cuatro paredes y la política “en la medida de lo posible”. La ciudadanía debe ser sujeto de las reformas y no objeto de ellas. Llego el momento de debatir cada uno de estos puntos de cara al país. Si no hay acuerdo, no debemos temerle al veredicto popular. En esta época y en este siglo las comunicaciones son vitales, la ciudadanía podrá informarse y decidir el destino de su patria. Nada de lo expuesto es el fin del mundo; es un cambio seguramente radical, pero necesario, ya que la dirigencia política debe ponerse a la altura de las circunstancias.