La botella premiada

Salí con Carlos en busca de bebidas, la noche era extendida y fría, bebíamos en la pieza que arrendaba Carlos en el centro de Calama, toda la nocturnidad calaba en los huesos, en la esquina un grupo de muchachas, pero estábamos demasiado ebrios como para reaccionar e intentar hablarles algo, compramos 5 botellas de cerveza y una caja de cigarrillos, volvimos a la habitación.

Carlos hablaba de lo crudo que podía llegar a ser la faena, golpeaban con unas barras de metal las placas de cobre, en unos galpones que hervían por la temperatura del sitio, todo un grupo de viejos, luego venían las contracturas y dolores musculares, los herpes en los labios y todo aquello, y los tratos eran muy distintos, este tipo trabajaba en una empresa sub contratista y le pagaban el 20% de lo que ganaban los trabajadores de planta

El muchacho se lamentaba, se levantaba temprano para trabajar y eso.  A mi me parecía extraña esa manera de ser, siquiera me importaba,  jamás desperté antes de las dos de la tarde, el dinero lo conseguía pero no específicamente trabajando. Carlos termina de lamentarse y me propone ir por putas a la calle Vargas, me decía:

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-he muchacho, iremos por unas chicas, claro que tienes que tener cuidado y asegurarte de que no tengan palanca

-¿acaso no es fácil descubrirlo?

– una vez lleve a un tipo y hasta hoy se lo soba

– weon

-bebemos la ultima cerveza y vamos

Solo quedaban dos botellas, tomamos una cada uno, destapo la mía y escucho una voz fina que me grita, mire a todos lados, pensando que me volvía loco, pero ahí me llama “he estúpido, que mierda crees que haces”, miro a Carlos y estaba con la boca abierta, sin entender que sucedía, “mira, acá abajo”, bajé la vista y ahí la veo por primera vez, una hermosa sirena, pequeña, no era mas grande que mi dedo meñique, un enorme pelo rojo que le llegaba hasta la cola y dos pechos completamente desnudos y elevados de forma delicada, estaba claramente ebria, quizá cuanto tiempo llevaba en mi botella, busco una fuente y la saco de el licor, “deja de mirarme perturbado”(me grita), en ese momento me hago el estúpido, tomo la fuente con mi sirena y me voy a mi casa, Carlos no lo podía creer y mudo mira como nos marchamos.

Los siguientes días con la sirena no eran tan mal, a pesar de que no cerraba la boca ni por un segundo, yo al parecer le gustaba, me dejaba acariciar sus senos en el agua tibia, y escuchan con atención mis historias, “que ganas de ser de aquella raza” pensaba en las noches cuando la veía dormir.

Una noche, la deje sola en mi habitación y fui en busca de bebidas al bar, me emborraché y le conté a todos lo de mi romance, toda la gente me miraba incrédulo y hasta se burlaron de mi, ellos acostumbrados a fornicar con gordas peludas, yo era el único muchacho de toda la ciudad que tenia una bella sirena, y a pesar de que no me la podía tirar, ella dejaba que le frote los senos y me excite con sus movimientos acuáticos y con su cara y canto.

Al final todo termino en apuesta y partí con todo los tipos del bar hasta mi casa, hasta el dueño fue, y dejó cerrado momentáneamente el lugar, si era una mentira lo que yo decía se quedarían con cualquier cosa de mi casa, pero si era verdad entre todos me pagarían a la mejor muchacha de la ciudad, al fin llegamos, yo nervioso de presentar a mi chica, bueno sirena, note la ventana abierta,( la abría para fumar), pero el frio era tan grande que la cerré, los muchachos incrédulos y ansiosos insisten en que la muestre rápidamente, entramos a la habitación donde dormía con mi sirenita y me encuentro con lo peor, un gato asomado en el jarro y sangre haciéndose participe de el agua, todos nos acercamos, el gato parte veloz, y solo quedo flotando la cola de mi muchacha, al cabo de unos segundos todos reían y se burlaban de mi, tomaron mis cosas y se las llevaron, extrañamente las colas de las sirenas se asemejan a las de cualquier pez, no Salí en días y me llevo’ tiempo olvidarla, continúe comprando las mismas botellas pero no me salió otra de las mismas sirenas, en vez de eso, enormes resacas, tardes melancólicas y botellas premiadas, con premios que terminaban quemándose en la salamandra.

 

JUAN PABLO RUDOLFFI UGARTE

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