La Griega entre pánico y angustia

A las profundidades de todo un jardín en el espacio inferior sur de la ciudad de Calama, como pegado al cristal de la ventana en terribles sueños de telepatía, comunicación profunda y espantosamente realizada, yo estuve el año 2008 sentado en el paradero de la avenida, con la novia de aquel tiempo compartiendo una discusión profunda de disonantes retos desagradable.
El fin de algo bueno, el comienzo de lo mejor, o simplemente la transición mas esperada a los ojos tristes que llevaba en esos tiempos, el corazón como motor desenfrenadamente espera, pero “no llegaron volando los hombres del espacio a salvarme esta vez”… el automóvil a lo lejos, acercado luego de unos segundos. Delante saludos y sonrisas, eran los padres de Carla, (mi muchachita) “que tal -¿Cómo se ve? -jajaja”
En el asiento trasero, una muchacha con la cabeza baja encapsulada en un pánico angustioso y confuso que luego el tiempo me llevaría a conocer. Eran unos crespos que luego dejarían de existir y un par de azules que en esa ocasión curiosamente pude contactar y mantener en la memoria infinita, cual si hubiese pasado hace apenas unos segundos. Luego de eso fue solo viento, pestañeé un par de veces y ya estaba solo, sin novia, con un trozo de viento frente a la avenida en una tarde asquerosa y tristemente fijada, como castigo y bendición, como regalo y robo… nada había empezado y nada terminaba en ese día… 

Así fue como conocí a “F. Andrea Bourg”, causa del tiempo a los ojos terribles de mi cuerpo que hoy no espera, y quizás la motivación que queda de poder tener en mis manos esos corazones borrachos de la calle Grecia, que me acompañaron en los sonetos y en lo mas profundo de la difusión, perdido, completamente perdido y sediento. Enamorado y adolorido con una bendición a flor de piel y una mariposa posada a mis labios que luego destrozaría con mis dientes y espantado volvería a llorar y continuaría en ese eterno caminar.

Grecia, calle Grecia… en general la comunicación mas cómoda que he tenido alguna vez con F. Andrea, ha sido por mensajera cibernética. Cuando la veo mis experiencias  dejan de ser interesantes, mis manos dejan de ser compañeras y mi frente carece de atractivo. Cuando la veo jamás los abrazos han sido tan esplendidos como en mis sueños, cuando la veo las miradas correspondidas mueren con la imaginario y empiezo a lamer los caminos que ella usa y succionar su aurora technicolor, todo se reduce a mi mundo y ella extrañamente queda fuera de él. Pero cuando estoy lejos y nos mensajeamos algunas cosas, siento la plenitud de quien sobrevive una odisea y es allí donde me gusta estar, le escribo y me pierde y aunque sé que no leería ni la cuarta parte de lo que hago, insaciablemente dirijo mis palabras a sus ojos… 

Una vez hace apenas un año, el maestro de historia de las artes nos mostró unas imágenes grandiosas de la obra griega y romana. Tres horas llenando el imaginativo. Ese fue el día que descubrí que amaba a F. Andrea por sobre todas las cosas de este mundo.

“Grecia y roma, mil y dos mil años después”. Mi cuerpo desnudo frente a el espejo empañado por el vapor de la ducha del viejo departamento de Gonzalo, donde alquilé una habitación durante algunos meses. Una pequeña ventana daba directamente a una araucaria en el invierno del 2009, y esas trémulas misioneras moscas alejadas de mí, que estúpidamente estremecido dejaba caer el agua por mi cuerpo manteniendo los ojos abiertos pegados al espejo que reflejaba a mis espaldas la ventana con el viejo invierno y la vieja araucaria.
Ñuñoa y una bala atravesándome el pecho, entre las diapositivas del maestro de arte pude ver a F. Andrea, la ví pálida, desnuda, detenida y el maestro tenia una explicación sobre ella y su creador y el amor infinito que yo sentía, miré fijamente esa imagen hasta que pasaron a otra y sentí por primera vez la necesidad de quedarme en aquel lugar y exigir que todos se vallan y apoderarme de las maquinarias y las imágenes y fijar a la pared la imagen y admirarla y morir de amor, tiritar y fumar. Ahogarme en ese mar de vértigo, que tenia que vivir para amarle, pero luego de unos minutos la clase terminó y los cuadernos quedaron aterrizados en las mochilas. Tiempo después en una de las tardes de mensajes a distancia, le pude contar que parecía una griega. Fue el día en que pactamos un cariño y resigné mi corazón a la distancia.
Hace algunos días estuvo de cumpleaños, yo fui a verle. Casi no hablamos seriamente, y mucho menos por tanto tiempo. Ella sentada a algunos metros de mi, yo en otro grupo, pero algunas veces sin querer quemarme, pude cruzar mi mirada con la de ella y pude ver los ojos azules y el ondulado corazón que tiene. Reafirmé mi respiración y los locos sueños de estas telepáticas comunicaciones que podrían jamás suceder, y las viejas palabras perdidas en los libros de literatura dulce pueden decirse ahora, sobre todo  con las palabras que pesan mas y que nada reclaman, te amo, pánico y angustia …