Terroristas disfrazados de justicieros, víctimas disfrazadas de terroristas

¿Acaso nadie sabe relacionarse bien con la nación mapuche? ¿Será cierto eso que dice la tele, que en sus comunidades cohabitan “gente honesta y de esfuerzo” con delincuentes incendiarios y grupos terroristas con financiamiento internacional? Ni alcanzo a tragarme la tele, y ya me da asco cuánto se puede prestar para facilitarle el juego al empresariado que domina el sistema. Me sobra indignación cuando leo en redes sociales a gente de apellido mapuche pero que es capaz de tragarse este cuento. Ahora, la muerte de un matrimonio de “agricultores” (que en su vida agarraron pala y picota y supieron lo que quemarse el lomo todo un día por arar la tierra) pretende ser caballito de batalla para legitimar la próxima muerte silenciada de mil “delincuentes” más.

Por más que el sol frontal y quemante de la realidad quiera ser tapado con el maquillado dedo de las apariencias, el clamor araucano no ha sido callado, y ha logrado llegar así como es (y no así como nos lo cuenta la tele) a nuestros oídos y entendimiento.

Los libros más “ortodoxos” de Historia de Chile nos enseñan que el conflicto del Wall Mapu con dominio extranjero (incluído el chileno) se acabó con el final de la Guerra de Arauco, y que la “pacificación” de finales del Siglo XIX tuvo que darse contra focos minoritarios de sedición mapuche, y que de ahí en adelante todo ha sido relativamente pacífico en el Wall Mapu. Con el pasar de los años, las consciencias libres e informadas se han hecho más grandes que estos libros de autores clásicos que en vez de luz de verdad para el pueblo, han servido como analgésico previo a la lobotomía sistémica.

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Si la idea es hacer un repaso histórico que reivindique la verdad, la Guerra de Arauco fue de dulce y agraz para ambas partes, y la “paz de los parlamentos” no siempre fue pacífica. Ni todo el licor del mundo logró doblegar la firme voluntad mapuche de que la frontera del río Biobío fuera respetada.

Curiosamente, uno de los más polémicos libertadores de Chile, Bernardo O’Higgins Riquelme, tuvo sangre araucana. Diversas crónicas de los inicios de la Colonia hablan de comunidades pewenche del Alto Ñuble que, de manera natural, tenían el pelo colorín (cosa que es posible, pues América no fue poblada sólo desde el Extremo Oriente de Asia, sino también desde la Polinesia y desde Australia, en donde varias comunidades también son morenos de pelo colorín), e Isabel Riquelme descendía de estas comunidades. Así, el Huacho Riquelme (como era llamado de manera despectiva por sus enemigos) era araucano también, y empatizando con eso, firmó un Tratado de Paz con las comunidades al sur del Biobío, en el que señalaba que serían reconocidos como una nación autónoma. Antes del cumplimiento del tratado, llegó la renuncia de O’Higgins, y con su partida al Perú, también se fueron buenas ideas como ésta (al margen de lo controversial que fue el resto de su gobierno).

José Miguel Carrera, libertador proveniente de la aristocracia santiaguina, también fue cercano a comunidades pwelche cerca de Mendoza, quienes lo ayudaron en su intento por cruzar la cordillera y volver a Santiago; aunque fracasó, fue una muy importante experiencia de unión de fuerzas entre mapuche y no mapuche.

De ahí en adelante, chilenos y mapuche vivieron ignorándose relativamente, hasta que un soñador francés desembarcó en Valparaíso y de ahí se atrevió a cruzar el río Biobío, para entablar diálogo con los mapuche y los tewelche, y terminar creando el nuevo Reino de la Araucanía y la Patagonia. Ahí la faceta chilena de que no importa qué es lo que domine el otro, el asunto es quitárselo, afloró, y toda la indiferencia de décadas atrás se esfumó. Diversos operativos militares crearon fuertes y puestos de avanzada en la ribera norte del Biobío. El rey Orelie Antoine I, que fue el único wingka de la época que logró diálogo y alianza horizontal y sin subyugar con el Wall Mapu, fue encerrado en un manicomio.

El llamado de los empresarios británicos a las tropas chilenas a que “rescataran su salitre de manos estatistas peruanas y bolivianas” provocó que el contingente chileno se redujera en la frontera del Biobío, y la situación fue aprovechada por los mapuche, que por primera vez en su historia dieron a todos sus hombres, de todas las comunidades, para pelear contra el dominio chileno. Alcanzaron a destruir muchos fuertes, pero su entereza no fue nada contra las armas de fuego del Ejército de Chile, hasta que en 1881 firmaron la rendición, con el general Cornelio Saavedra. Del otro lado de la cordillera, la Campaña del Desierto generó caos en medio de las comunidades mapuche y tewelche, y el genocidio fue casi total. Más encima, el principal autor intelectual y material de groso delito, el general y presidente Julio Argentino Roca, era uno de tantos ídolos patrios, tanto así que aparecía en el billete de $100, el de máxima valoración (ahora lo reemplaza, con más dignidad, Eva Perón).

El siglo XX fue esperanzador con el pasar de las décadas, pero ahora se ha vuelto un auténtico apocalipsis para el Wall Mapu. Del derecho a propiedad comunitaria de las tierras concedido por Salvador Allende, ahora hemos pasado a los gobiernos empresariales defendiendo las tierras del wingka invasor, aún cuando eso signifique montajes que maten a un matrimonio que otro, con tal de que la causa global sea ganada. El refuerzo de contingente policial en La Araucanía sólo puede derivar en dos caminos, ambos sangrientos: o una cruda guerra y un conflicto obligatoriamente armado que enardezca a toda la sociedad, o una masacre en la que el exceso de pacifismo traicione a los oprimidos, en el que miles de muertes serán silenciadas por la prensa corporativa, y en el que sin asco, a Andrés Chadwick diciendo “La Araucanía ha vuelto a ser pacificada”.

Finalmente cabe aclarar a la opinión pública lo que es terrorismo y lo que no es terrorismo. Terrorismo es atacar objetivos inocentes y víctimas inocentes. Terrorismo es hacer montajes maquiavélicos, en el que no importe quién muera, sino que el objetivo de dejar mala imagen al enemigo se cumpla. Terrorismo no es resistir estos ataques. Sea frontal y dígalo conmigo: En esta Guerra de Arauco que sólo cambio de enemigos pero que no termina hace 500 años, el terrorista, para buscar aprobación pública, transformará la imagen pública de las víctimas en terrorista. Queda en sus manos apagar la tele y prender la mente, para después hacerse cargo del clamor araucano y unir todos los clamores en uno solo.