Más de tres mil trabajadores fueron brutalmente asesinados en la Escuela Santa Maria de Iquique el 21 de diciembre de 1907. Te invitamos a recordar lo que la historia quiere borrar, olvidando a cientos de hombres, mujeres y niños que perdieron su vida por querer conseguir condiciones de trabajo y de vida digna.

En una época donde la principal preocupación es la llegada del verano, el consumo y la búsqueda de un regalo para navidad, son pocos los que recuerdan el inicio de la época estival un lejano 1907, cuando el norte de Chile se tiñó de sangre. Fue la masacre de miles de trabajadores del salitre de distintas nacionalidades, quienes se encontraban en huelga general, exigiendo justicia por su trabajo, en pleno auge de producción salitrera en las regiones de Antofagasta y Tarapacá.

Se trató de una de las huelgas más grandes de aquella época, que acabó con la violenta represión de las fuerzas armadas comandas por el General Roberto Silva Renard, quien bajo las instrucciones del ministro del interior Rafael Sotomayor Gaete, ordenó acabar con las protestas en el Gobierno del Presidente Pedro Montt, quien tomó partido por los propietarios ingleses.

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Diversos autores sostienen que fueron más de tres mil personas las que perdieron su vida, incluyendo a mujeres y niños, y castigando con crueldad a los que lograron sobrevivir, por no aceptar el pago por intermedio de fichas otorgadas por la explotación que efectuaba el señor pulpero.

Historia

El movimiento obrero estaba en pleno apogeo en conjunto con el sindicalismo, en especial en las zonas productoras de salitre, en el mismo período de una decadencia institucional del país, ya que las diversas protestas habían comenzado desde 1902 siendo una de las principales las huelgas de Valparaíso de 1902 y en Santiago en 1905.

El territorio geográfico del auge salitrero era el territorio de Tarapacá y Antofagasta, obtenidos por Chile luego de la guerra del Salitre, lo que conllevó a lo que tradicionalmente la Historia ha llamado “Guerra Civil de 1891″, que culmina con la muerte del presidente Balmaceda, el hombre que buscó estatizar este recurso.

La vida de los pampinos era precaria. Las empresas controlaban la vida y trabajo dentro de los yacimientos, provocando vulnerabilidad ante diversas arbitrariedades de los opresores, quienes tenían poder absoluto sobre el trabajador.

Los trabajadores vivían en viviendas precarias al interior de las salitreras, que contaban con un sistema policial propio y los productos de primera necesidad se vendían en las pulperías, propiedad de los empresarios, quienes aceptaban como única forma de pago las mismas fichas con las que pagaban a los trabajadores a modo de sueldo.

Es el 10 de Diciembre (actual día mundial de los Derechos Humanos), en que se generaliza la huelga en la salitrera San Lorenzo, ampliándose el paro al Alto de San Antonio. A esta huelga se le como la huelga de los 18 peniques, donde se buscaba cambiar el sistema de fichas, porque el salitre era comercializado mediante libras esterlinas.

A este movimiento se sumaron otras oficinas salitreras, entrando en huelga también casi todo el comercio e industria del norte del país. El movimiento publicó sus demandas el 16 de Diciembre de 1907, en las que se consideraba:

1-Aceptar que mientras se supriman las fichas y se emita dinero sencillo cada Oficina representada y suscrita por su Gerente respectivo reciba las de otra Oficina y de ella misma a la par, pagando una multa de $ 50.000, siempre que se niegue a recibir las fichas a la par.

2-Pago de los jornales a razón de un cambio fijo de 18 peniques.

3- Libertad de comercio en la Oficina en forma amplia y absoluta.

4-Cierre general con reja de fierro de todos los cachuchos y chulladores de las Oficinas Salitreras, so pena de pagar de 5 a 10.000 pesos de indemnización a cada obrero que se malogre a consecuencia de no haberse cumplido esta obligación.

5-En cada oficina habrá una balanza y una vara al lado afuera de la pulpería y tienda para confrontar pesos y medidas.

6-Conceder local gratuito para fundar escuelas nocturnas para obreros, siempre que algunos de ellos lo pida con tal objeto.

7-Que el Administrador no pueda hacer arrojar a la rampa el caliche decomisado y aprovecharlo después en los cachuchos.

8-Que el Administrador ni ningún empleado de la Oficina pueda despedir a los obreros que han tomado parte en el presente movimiento, ni a los jefes, sin un desahucio de 2 a 3 meses, o una indemnización en cambio de 300 a 500 pesos.

9-Que en el futuro sea obligatorio para obreros y patrones un desahucio de 15 días cuando se ponga término al contrato.

El 16 de Diciembre, el Gobierno de Santiago había dado orden a 3 regimientos para reforzar al de Iquique, llegando a Arica el día siguiente el barco Blanco Encalada con militares desde Rancagua en conjunto con otras embarcaciones.

A medida que avanzaba la huelga, más y más pampinos bajaban de sus faenas y se sumaban al movimiento. Lo hicieron también trabajadores de Iquique, estimándose más de 12.000 el número de personas que se reunieron en la plaza Manuel Montt y la Escuela Santa Maria, solicitando al Gobierno que fuera mediador con los ingleses, para lograr respuestas a las demandas.

Sin embargo, la respuesta del gobierno y la prensa de la época estuvo lejos de lo que podría esperarse y asumieron una actitud hostil contra los trabajadores. Se les acusó de desorden, de causar problemas de higiene o “faltas a la moral”. Desde el gobierno se ofreció mediación, pero bajo la condición que los trabajadores volvieran a sus faenas.

Por ordenes oficiales se determinó que los trabajadores debían abandonar la plaza y la escuela, retirándose al Hipódromo,  para que regresaran a las salitreras a continuar con su trabajo. Sin embargo los pampinos siguieron adelante pese a las amenazas, porque intuían que si volvían al trabajo las promesas no serían cumplidas.

LA ÚNICA JUSTICIA QUE FUNCIONÓ. Corría 1914 cuando Roberto Silva Renard, el general que ordenó la matanza, escapó malherido de un intento de asesinato por parte de Antonio Ramón Ramón, un español cuyo hermano Manuel Vacca fue muerto en la masacre de la Escuela Santa María. Silva Renard moriría unos años más tarde a causa de estas heridas.

Frente a la creciente tensión que había ya entre los grupos, el 20 de diciembre de 1907 los dirigentes efectuaron una reunión con el intendente Eastman. En esos mismos momentos era declarado el estado de sitio, haciendo que las libertades constitucionales fueran suspendidas, todo esto por medio de un decreto publicado en la prensa. Mientras la reunión se efectuaba en la oficina salitrera Buenaventura, un grupo de obreros con sus familias trataron de abandonar el lugar y fueron acribillados en la línea férrea. Como resultado de esta acción 6 obreros murieron y los demás terminaron heridos.

El 21 de diciembre de 1907 se efectuaron los funerales de los obreros, e inmediatamente después de concluir las ceremonias se les ordenó a todos los trabajadores que abandonaran las dependencias de la escuela y sus alrededores y se trasladaran a las casuchas del Club Hípico. Los obreros se negaron a ir, temiendo ser cañoneados por los barcos que apuntaban el camino que deberían recorrer hacia dicho lugar.

El general Roberto Silva Renard, junto al coronel Ledesma, tenían la misión de desalojar a los trabajadores en huelga. Se señaló a las 14:30 horas, a los dirigentes del comité de trabajadores, que si no salían del edificio abrirían fuego contra ellos. Ante la negativa de éstos, el jefe militar reiteró que abriría fuego sobre los huelguistas a las 15:30 horas. Pese a las amenazas reiteradas, sólo un pequeño grupo de trabajadores abandonó la plaza.

A la hora señalada por Silva Renard, éste ordenó a los soldados disparar a los miembros del comité que se encontraban en la azotea de la escuela, quienes cayeron muertos con la primera descarga. La multitud, desesperada y buscando escapar, se arrojó sobre la tropa y ésta repitió el fuego al que se le añadió el de las ametralladoras. La tropa, después de lanzar fuego graneado desde la plaza, entró ametrallando por los patios y las salas de clase, matando mujeres y niños sin clemencia. Los sobrevivientes de la matanza con posterioridad fueron escoltados con sables hasta el Club Hípico, y desde allí a la pampa.

Conmemoración

Los hechos de la matanza fueron intencionalmente omitidos por los gobiernos de la época. Con el paso del tiempo, sus trágicos hechos sirvieron de inspiración para cantantes y poetas, mientras que sus efectos sociales fueron investigados desde mediados del siglo XX.

Así es como diversos actos de homenaje recuerdan a los caídos ese fatídico 21 de diciembre y está presente en la literatura, como es el caso de Canto a la Pampa, Hijo del Salitre (Volodia Teiltelboim), y Santa María de las Flores negras (Hernán Rivera Letelier).

El teatro no ha estado ausente y se han efectuado cientos de obras, destacando Santa María de Iquique: La Venganza de Ramón Ramón.

La música a nivel nacional tiene diversas piezas que recuerdan este suceso, considerando a la Cantata Santa María de Iquique, interpretada por Quilapayún, o la Cantata Rock cuya obra completa pudo ser escuchada en el concierto Centenario del Partido Comunista realizado en el Estadio Nacional de Santiago, donde se rindió homenaje a los asesinados en un episodio que no puede ser olvidado.

Cronología de la masacre

1907
4 de diciembre. Trabajadores del ferrocarril salitrero se declaran en huelga en Iquique. Aseguran que cumplidas las demandas, las labores se reanudan al día siguiente.

5 de diciembre. Trabajadores del ferrocarril urbano y cocheros de Iquique se declaran en huelga.

9 de diciembre. Se declara la huelga en la oficina salitrera San Lorenzo
9 de diciembre. Trabajadores de Iquique se declaran en huelga.

9 de diciembre. El Intendente Eastman desembarca en Iquique junto a su comitiva. Con la promesa de alcanzar una pronta solución al conflicto, es aclamado por los huelguistas. Sin embargo, en reunión privada con el comité de huelga, declara que las labores deben ser reanudadas como requisito previo.

16 de diciembre. Se ordena zarpar desde Valparaíso rumbo a Iquique al crucero Zenteno. A bordo va el Intendente de Tarapacá Carlos Eastman y el jefe de zona, general Roberto Silva Renard.

21 de diciembre. Miles de huelguistas concentrados en la Escuela Santa María se niegan a desalojar el lugar con rumbo a la estación de ferrocarriles. El general Roberto Silva Renard ordena a sus tropas que hagan fuego contra la multitud.