Avanzando hacia el cambio cultural

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Durante este año a los tres Centros de la Mujer de la región ingresaron mil 186 mujeres víctimas de violencia, las dos Casas de Acogida, 75 mujeres junto a sus 84 hijos e hijas, y al Centro de Atención a Hombres que Ejercen Violencia, 60. El Programa Trabajadoras y Jefas de Hogar de las cuatro comunas consideró la atención  de 525 mujeres. El Programa 4 a 7 – Mujer Trabaja Tranquila, aplicado en tres comunas, favoreció a 150 mujeres, más otras 150 jóvenes que participaron en el Programa de Atención y Apoyo a Madres Adolescentes.

En la Oficina de Informaciones del Sernam recibió cerca de dos mil consultas, sin contar a otro número de beneficiarias que participaron en la Mesa de la Mujer Rural e Indígena, en la Mesa Minera de Género y en la coordinación intersectorial para comprometer a quienes trabajan en el servicio público en el trabajo pro mujer.

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Sin embargo, estas cifras nos señalan algo muy concreto: el Sernam, desde su creación en 1991, ha dejado de ser percibida como el organismo que sólo se dedicaba a defender a las mujeres frente a un hecho de violencia, sino que también es la entidad que se preocupa por insertar a las mujeres en el mercado del trabajo remunerado, de las jóvenes embarazadas, las emprendedoras, las extranjeras, las estudiantes, las grandes empresas mineras y las liderezas.

Y seguimos avanzando, porque las inequidades que hay entre hombres y mujeres aún son demasiado anchas. Por eso es necesario que contemos con un Ministerio de la Mujer y Equidad de Género. Por eso el país necesita de una ley que regule los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, más otra ley que incentive  a los partidos políticos a postular a candidatas en las elecciones populares. Todo esto y más constituye la Agenda de Género Presidencial que le cambiará el rostro el país, porque además la pobreza tiene rostro de mujer.

Queremos un Chile más próspero, pero a la vez más humano. Donde se premie el esfuerzo, y en donde la cultura de la productividad y el rendimiento cuenten como eje articulador una forma de proceder basada en conductas solidarias e inclusivas. Exigente sí, pero que a la vez que prime el respeto y el valor humano trascendental de que todos y todas tenemos las mismas posibilidades de llegar a ser lo que nuestras vocaciones dictaminen.