Guerra contra las drogas, contra los arrabales del mundo

En el continente  americano se está librando una guerra desde la década de los noventa. Hay muchos muertos, unos 20.000 en Colombia y 90.000 en México. Los involucrados son los países consumidores de cocaína, en gran parte EE.UU, Europa y Canadá junto a los países productores de cocaína y hoja de coca; Colombia, Perú y Bolivia.

México es tan solo un país de tránsito para el cargamento de cocaína que sale de Colombia con un precio aproximado de U$ 20,000, llega a la frontera entre México –EE.UU a U$ 80,000 y podría llegar a venderse, a precio de menudeo, a U$ 250,000, más de 10 veces el valor de salida. Este valor se puede triplicar en algunas ciudades más alejadas de América, como Moscú o Paris. Colombia tiene una superficie de 142.000 hectáreas cultivadas, aproximadamente, según Naciones Unidas. Para cada kilo de cocaína, se necesitan 200 Kg de hojas.

El enemigo para quienes más consumen ha sido  la elevada producción de hoja de coca y de su derivada blanca, la cocaína. Aunque el propio Sigmund Freud la consumió por unos  años, mismos en los cuales cambió la historia de la salud mental al inventar el inconsciente, con trabajo de campo incluido, pues la consumía activamente. Su interés por la planta lo llevó a escribir  su über coca (sobre la coca) escrito que ensalza las capacidades estimulantes de la cocaína, aislada en 1859 en la misma Europa positivista y moderna. Estupefaciente dirá posteriormente la misma ciencia, muy segura de su enjuiciamiento. Tan peligrosa que hay que prohibirla, nos dirá Naciones Unidas, en 1961, convenciendo a la población, mediante campañas  comunicacionales de prevención de consumo de drogas, que no la consuman.

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La doctrina que sustenta la guerra, es la  de la seguridad interior de los Estados. Nacida con posterioridad a la revolución cubana de 1959, tales ideas apuntan a la existencia de un enemigo interno en nuestras sociedades, un revolucionario o un anarquista que no está de acuerdo con los reglamentos que rigen el orden mundial, los principios de buen gobierno y orden social. En nuestros países, la aplicación de tal doctrina ha quedado en manos de las fuerzas armadas. Y el enemigo ha sido el joven poblador consumidor de pasta base de cocaína. En el actual contexto de economías en crisis y al mismo tiempo en tránsito a la modernidad, tal peligro marginal interior se ubica en las poblaciones menos favorecidas con las regalías del modelo, personificando los sujetos de prevención como hombres jóvenes, pobladores y aficionados al rap-bicboc con menor poder adquisitivo que el señalado por el P.I.B per cápita, y por supuesto, consumidores de drogas ilícitas.

Debido a su ilegalidad, y los fuertes controles policiales al comercio de sustancias precursoras en Colombia, muchas veces arriba a los mercados sudamericanos solamente la pasta base, sustancia previa a la obtención del clorhidrato de cocaína. Bazuco, se le dice en Colombia. El asunto, es que su consumo es más barato que el de la cocaína pura, y se ha transformado en la droga asociada a la marginalidad, pues quienes las consumen han sido personas de segmentos sociales marginales. Mismos que constituyen el peligro que para la modernidad supone tales  consumidores, quienes podrían encarnar  la locura desatada por la estimulación eufórica.

Este ha sido parte del dilema que la guerra contra las drogas plantea en última instancia, una muestra del refinamiento 2.0 de las políticas de gobernabilidad y seguridad interior del Estado. Por eso el CONACE primero y después el SENDA, tienen su dependencia administrativa directa en el Ministerio del Interior y Seguridad Pública.

 

Página web de autor: www.destruirelmetodo.blogspot.com