El desafío de vivir con discapacidad en la región de Antofagasta

La OID realiza un trabajo de integración para niños y adultos con discapacidad.
Archivo Comunicaciones UA
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La realidad es clara. Sin la presencia de un centro teletón, los niños con capacidades diferentes de Antofagasta contarían con poca o nula esperanza de recuperación y rehabilitación, mientras que los adultos sin el apoyo de instituciones locales como la OID, estarían literalmente abandonados a su suerte por el estado.

Por ello es que al margen del evidente abuso que se comete al presentar a la discapacidad como un show mediático y estrategia de marketing para poderes económicos que representan lo opuesto a la solidaridad, en la práctica, mientras no exista un cambio de paradigma en el sistema de salud público del país y se ‘haga la pega’, la cruzada liderada por Mario Kreutzberger es y seguirá siendo necesaria.

Los ejemplos huelgan. En la capital regional, una persona que nace con discapacidad o bien la adquiere por enfermedad o accidente a lo largo de su vida, cuenta en los primeros años con el apoyo de la Teletón.

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Pero es en la etapa adulta, cuando en muchos casos estas personas son además jefes de hogares o de la tercera edad; cuando vivir con una discapacidad se vuelve un desafío aún más dificil de superar. El abandono que sufren por parte del estado en el cuidado de su salud es impactante.

En este medio hemos sido testigos directos de como el trato hacia las personas con discapacidad en el sistema de salud es deplorable desde el momento mismo que colocan un pie en los Hospitales.

Todo comienza con los difíciles accesos. Incluso para personas sin discapacidad resultan agotadoras las filas interminables para conseguir un examen, un medicamento o los diversos trámites burocráticos para acceder a una hora con un especialista.

Todo, para que en el día de atención la espera en los pasillos pueda tomar un día completo, deambulando lastimosamente de una ventanilla a otra, con el riesgo de recibir como respuesta que el especialista se encuentra de vacaciones y naturalmente, no hay un reemplazo.

La simple inclusión de estas personas en el registro de discapacidad o recibir una pensión de discapacidad, un trámite que perfectamente podría ser automático desde que la persona es diagnosticada por los especialistas, se convierte en un trámite ridículamente extenso y burocrático, imposible de realizar para una persona con problemas de movilidad. En estos casos el apoyo de instituciones como Senadis es moral, si es que existe.

De este modo, garantizar la atención de salud a las personas adultas con discapacidad y facilitar su lucha diaria contra las limitaciones físicas, no es una política de estado, siendo en definitiva la vocación y el esfuerzo de algunos funcionarios del Servicio de Salud lo que puede otorgar dignidad y calidad en la atención de estas personas. Y destacamos la palabra algunos, porque no es la norma general y lamentablemente hay ejemplos donde la desidia, maltrato y poco compromiso son la ‘guinda’ para este pastel podrido y terminan por hundir aún más el esfuerzo que hacen las personas discapacitadas por integrarse en la sociedad.

La OID realiza un trabajo de integración para niños y adultos con discapacidad.
La OID realiza un trabajo multidiscplinario de integración para niños y adultos con discapacidad.

Ante este panorama desolador, es cuando más reluce el trabajo que realiza el Instituto Teletón y también a nivel local la Oficina de Integración de Personas con Discapacidad (OID), dependiente del municipio, en donde un equipo de profesionales realizan un trabajo elogiable apoyando a las personas discapacitadas. Se trata de un lugar en donde los pacientes reciben atención, rehabilitación, inclusión y apoyo profesional, que es lo que necesitan en lugar de pasarse el día en un pasillo.

Es urgente que se haga un rediseño completo en la forma de atención por parte del Servicio de Salud. Los pacientes necesitan con urgencia que los directivos salgan de sus oficinas y se empapen de los problemas cotidianos desde los ojos de los usuarios. Probablemente detectarían que pequeños cambios, que no requieren mayores recursos, podrían significar una gran mejora en la calidad de la atención. Un simple software o hasta una planilla en google drive, por ejemplo, podría ayudar a evitar que una persona discapacitada tenga que estar un día completo haciendo filas y buscando un timbre en cinco ventanillas diferentes.

Pero si se trata de recursos, también los hay para entregar una atención digna y de calidad. Hay recursos para seguir militarizando La Araucanía, poseen recursos de sobra los ‘super ricos’ que siguen mejorando sus rankings en Revista Forbes gracias al ‘paraíso’ neoliberal chileno.

¿Qué pasaría si millonarios grupos económicos como Penta, Luksic, Angelini, Paulmann, Claro, Ponce Lerou, Edwars, Matte, Saieh, Solari, Cueto, Santander, donaran el 1% de sus ingresos? Facilmente podemos asegurar la construcción de muchos centros y hospitales para garantizar  rehabilitación y  mejor salud, no solamente a las personas con discapacidad, sino que también a todos aquellos pacientes que tanto lo necesitan y que muchas veces se enferman por los efectos asociados a las actividades empresariales de estos grupos, como el caso del polvo tóxico que se respira en Antofagasta.

¿Y qué pasaría si a lo anterior, agregamos también a las empresas multinacionales que extraen recursos naturales dejando a cambio una muy baja tributación? ¿Que tal si por lo pronto, donaran el 1% para salud y educación? ¿Y qué pasaría si ese 1% también lo donamos todos?. Un estado con gobernantes decididos y sin titubeos, es capaz de exigir estos tributos para construir un país centrado en la calidad de vida de sus habitantes.

Le dejamos la inquietud.