¿Qué Antofagasta estamos construyendo?

Hace unos días me llamó profundamente la atención, un reportaje que se emitió desde Canal 13 donde se nos ubicaba en un primer nivel frente a otras ciudades del país como ‘la ciudad con mejor calidad de vida’ por su gran cantidad de ofertas laborales, turísticas e inmobiliarias.

Ante la vista de quién no critica más allá la producción periodística de un medio, esto pareciera tener una gran razón, incluso, nuestro intendente don Álvaro Fernández avaló tal reportaje, poniendo a Antofagasta en un lugar preponderante como una ciudad de oportunidades.

Más allá de todo esto ¿Será que nuestra ciudad tiene una real ‘calidad de vida’?

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Antofagasta si bien es cierto, está proclamada desde principios de los noventa (tiempos del boom de la empresa minera transnacional) como la capital minera del país, y más allá, del mundo.

Esto prácticamente nos lleva a deducir que las condiciones para vivir en nuestra ciudad son efectivas, pero lamentablemente vemos que no es así.

Como comunista creo firmemente que hay un modelo imperante, un sistema político-económico al cual estamos condicionados desde los tiempos más agrestes de la dictadura pinochetista que es el capitalismo en su fase neoliberal y hoy, específicamente en varios países del mundo como Grecia, este modelo está en su punto de decadencia más notorio y más devastador para las democracias capitalistas.

En esta lógica, Antofagasta por sus condiciones geopolíticas y de recursos naturales, ha sido una presa inevitable del neoliberalismo, por ende, como la historia sigue su curso, también vemos cruentas contradicciones que se generan en nuestra querida ciudad producto del avance del modelo en su expresión más contextualizada a nuestra cotidianeidad.

Si hacemos un ejercicio y miramos desde nuestros hogares hacia la periferia de la ciudad, podemos claramente ver que las condiciones en las que viven muchas y muchos antofagastinos hoy, relegados a un territorio determinado de la ciudad, son profundamente precarias. Esta contradicción de ‘la capital minera de Chile’ es notable.

Si bien es cierto, existen grandes ofertas laborales para quién viene de lejos a la ciudad, los sueldos son nefastos y sin una perspectiva popular en una ciudad donde la plusvalía de aquellos empresarios que invierten día a día en la ciudad, convierten los precios de los bienes de primera necesidad en una barbarie aberrante, además de un sueldo mínimo, legislado por quienes nos representan en las instituciones correspondientes, que no contempla la realidad de nuestras familias y nuestro pueblo en sus necesidades más vitales.

La densidad poblacional de Antofagasta aumenta cada día más, las posibilidades de comunicación y movilización de nuestra gente a sus puestos de trabajo, estudio, entretenimiento, etc. tiene serios problemas, con pasajes que bordean los $500 en los taxibuses y casi $700 los taxis-colectivos en horarios de mayor flujo público.

¿Puede ser esto posible en una ciudad que representa una de las mejores en ‘calidad de vida’ para nuestra gente?  La pregunta aquí nos lleva a una pregunta mucho más crítica y no menos importante: ¿Para quién está articulada y construida esta ‘excelente calidad de vida’? ¿Cómo hoy podemos transformar nuestra ciudad y empoderarnos al punto de que cada poblador y pobladora construya su propio entorno, su barrio, población y por ende, a nuestro Antofagasta?

El desafío se plantea ante nuestros ojos, hay graves problemas que se suscitan en la ciudad, sumado a la frustración y la desesperanza de todo un pueblo que confía en su municipio y que lamentablemente, no ha dado el ancho para sus demandas más inmediatas y su emancipación de su condición de clase marginada.

En este sentido, creo necesario plantear una nueva construcción de ciudad, una Antofagasta de nuevo tipo que levante por sobre todas las cosas, el poder popular, la necesidad de que nuestra gente tome sus propias decisiones y mire a su entorno y se sienta parte de su construcción.

¡Necesitamos empoderar a nuestro pueblo! ¿Cómo lograremos esto? Solamente con organización, compromiso y dedicación. Las instituciones como el municipio y sus derivados deben estar al servicio de nuestra gente, propiciando la mayor cantidad de proyectos que reflejen en sí mismos, un sentido de identidad y pertenencia con un entorno del cual, hoy muchas y muchos no se sienten vinculados por esas precarias condiciones en las que se encuentran y enajenados además, por una imposición geopolítica de quienes rigen los destinos de la ciudad.

¡Necesitamos democratizar nuestra economía, nuestra cultura y nuestra concepción de ciudad!
Hoy en día la sociedad de clases está más que polarizada y notable en la ciudad, como explicaba en los párrafos anteriores, es cosa de mirar hacia la periferia casi circular que tenemos en nuestros cerros y darnos cuenta de que nos hace falta muchísimo por mejorar eso.

En síntesis, amigas y amigos, debemos propender a construir en trabajo y unidad, la Antofagasta que queremos, esa Antofagasta bella que hoy nos alberga pero que tiene graves falencias.

Para esto, necesitamos un proyecto público de ciudad que refleje los intereses de nuestra gente, de nuestras juntas de vecinos, de los grupos de música hip-hop, de las diversidades sexuales, de los pueblos originarios, extranjeros y migrantes que viven junto a nosotras y nosotros, con ambientalistas y otras esferas políticas y sociales que también tienen MUCHO que aportar a esto que es nuestro, esto que nos pertenece y que debemos empoderarnos con garra y pasión que es el desarrollo de nuestra ciudad.

Solamente así, tendremos una mejor calidad de vida, no para unos pocos de manera individual, si no para todas y todos, para las y los antofagastinos que día a día se levantan en las mañanas y trabajan duramente para entregar una esperanza a sus familias, a su grupo social más próximo.