Seguros de salud: separados pero iguales

Para algunos amigos míos, salubristas, la peor pesadilla del neoliberalismo a la chilena ha sido la incapacidad del Estado de dar cuenta de la situación de salud de la sociedad en su conjunto. Para otros, el mismo problema se llama desregulación estatal de los asuntos públicos. Como sea, lo que quiero comentar hoy  es la iniciativa privada desregulada y desalineada de objetivos sanitarios que generan indeseables divisiones al interior de nuestra población. Es el caso del financiamiento de la salud chileno y específicamente la integración vertical de ISAPRE y la industria de la prestación de servicios de salud.

Esto quiere decir que la propiedad del seguro de salud es común  a la de la empresa que entrega servicios de salud.

La existencia del seguro privado en salud, lo mismo que el seguro automotriz,  en sí no conllevaría problemas morales en la sociedad. El problema moral, cuando aparece, se manifiesta porque existen posibilidades de comportarse de manera tal de generar bienestar financiero por sobre  los intereses sanitarios de sus afiliados/clientes cuyo principal objetivo es acceder al mejor servicio sanitario disponible cuando lo necesitan. Es como vender seguros automotrices y al mismo tiempo regular las normas del tránsito: la primera norma podría llegar a ser que nadie utilice automóviles. Todos pagan su seguro y nadie lo cobra.

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Por un lado, al ser dueños de seguro y prestador, pueden aparecer estas conductas dañinas (como por ejemplo elevar precios de planes a mayor riesgo o sencillamente no dar cuenta de la población con menor capacidad de pago). No está de más recordarlo, querido lector, que estamos obligados a cotizar sea en el “seguro” estatal (FONASA) o en el seguro privado ISAPRE. Esto es así desde 1981, cuando en plena dictadura, los ideólogos del gobierno pensaron en la capitalización individual en salud y previsión social como la solución al envejecimiento de la población que se avecinaba.

El macro problema de la segregación de la población surge por dos vías que se complementan y retroalimentan. Uno es no tener un sistema o seguro único que vele por la salud de la totalidad de la población y al no tener un seguro estatal único que te cubra obligatoriamente, a cargo del Estado, estás siempre en condiciones de buscar un seguro estatal que tu instinto te diga que es mejor que la oferta estatal misma, aunque tu instinto sea en este caso totalmente ciego e ignorante. Así que o te aseguras en el privado, con integración vertical, o te atiendes en el FONASA.

La solución debe pasar por crear un seguro único de salud, a mi juicio, y al mismo tiempo intervenir las empresas integradas verticalmente y separarlas, de manera tal que ningún seguro opere en el mercado de la salud conociendo y controlando los costos que su prestador entregue. Esto ha sido un elemento de fuerte discusión desde hace tiempo en la arena política, sin ir más lejos, la reforma de salud de Ricardo Lagos, fue capaz de llevar la discusión al límite de establecer como alternativa la existencia de un fondo compensatorio inter ISAPRE, pero dejando fuera a FONASA, se termina por crear dos mercados de la salud, un verdadero apartheid de la salud. Nuevamente, separados, pero iguales.

Separados, y los más favorecidos, expuestos a la desregulación del neocapitalismo voraz, contención de costos mediante y expuestos a la integración vertical, que después de 30 años de haber sido creadas aún no logramos regular. Creo firmemente que las campañas políticas que se avecinan pueden ser una buena oportunidad para perpetrar los cambios que el financiamiento de la salud requiere.

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