Tocopilla en el mapa del vacío

De las pocas pertenencias que Manuela llevaba en su viaje a Suecia, la única de la que aún tiene recuerdo, tras casi treinta años de radicada en el país nórdico, era un diccionario enciclopédico. Fueron sus abuelos quienes la convencieron de llevarse uno, tal vez por el presagio que sintieron de que su nieta jamás volvería, tal como su hijo – tío de Manuela – que ya residía en aquellas tierras desde 1975.

Durante el viaje en avión junto a su madre – el primero que hacía en su joven existencia – tras soltar los miedos del despegue, se sacó de la boca la goma de mascar que evitó se le taparan los oídos, desabrochó el cinturón, se paró a buscar su bolso de mano del cual sacó su diccionario y se reacomodó con soltura en el asiento en que su espalda y trasero estuvieron nerviosamente pegados unos segundos antes. Manuela se entretuvo un rato buscando palabras extrañas y revisando sus significados. Cuando el juego le terminó por aburrir, empezó a mirar los mapas que están en las páginas finales. El mapamundi, le hizo tomar consciencia del largo viaje que estaba haciendo. Más adelante abrió un mapa de Chile. Lo examinó y descubrió que su Tocopilla natal no estaba presente. Luego pidió una regla a una azafata, después puso la regla encima del mapa y concluyó que, en los 3.7 centímetros de vacío entre Iquique y Antofagasta que representaban a escala más de quinientos kilómetros, todo su mundo era cartográficamente igual a nada.

Aturdida en su ánimo, Manuela pronto se durmió profundamente y soñó con el diablo en el vacuo cartográfico que tanto le había impactado. No fue una pesadilla satanizante, sino más bien una exploración onírica. Cuando despertó tras las voces que anunciaron la pronta llegada al aeropuerto de París, ya había olvidado los miedos que tuvo al principio de su viaje y recordó su sueño con extraña claridad. Pronto dedujo que el diablo aparecido en su hondo dormir no era más que el símbolo de uno de los significados asociados a Tocopilla: Rincón del diablo. Poco antes de aterrizar, miró hacia afuera a través de la ventanilla que tenía a su izquierda y vio paisajes verdes de diferentes matices. Pensó en los vinos franceses y se le ocurrió que la mayoría eran plantaciones de vid. Apenas ya estaba nuevamente en los aires el avión que ahora partía a Estocolmo, Manuela se sumió nuevamente en sus sueños. Soñó con su Tocopilla vista desde arriba. No vio plantaciones de ningún tipo. Lo más cercano al verde que percibió fue el color turquesa de la mar.

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Manuela se radicó en Suecia, aprendió el idioma, retomó sus estudios, la adolescencia en este lejano país le presentó mundos nuevos, en resumen, rearmó su vida. La única pieza extraviada era la de su ciudad de origen, lo que le produjo una gran inseguridad. Nunca sintió la necesidad de hablar o de dar explicaciones sobre Tocopilla, y cada vez que le preguntaban de dónde era, siempre respondió lacónicamente: “de Chile”. Pero en su juventud sintió el incontrolable impulso de rellenar ese mundo vacío que coloreó con lecturas y conversaciones. Leyó sobre Luis Emilio Recabarren y las mancomunales, leyó sobre Tocopilla en el tiempo de la Ley Maldita, leyó a Tocopilla en el “Canto General”, en “Norte Grande” y en “La Reina Isabel cantaba rancheras”, escuchó canciones sobre Tocopilla, supo de Alejandro Jodorowski, escuchó a su madre hablar de Andrés Pérez y a su tío sobre don Víctor Contreras Tapia, leyó y escuchó historias sobre la Tocopilla de la Unidad Popular y sus tragedias tras el golpe militar. Manuela conoció a muchas nuevas personas, algunas le ayudaron a delinear la ausencia cartográfica que la aquejaba, otras no hicieron más que confirmarle que aquel vacío también existía en los mapas mentales de muchos de sus compatriotas.

Con los años, Manuela empezó a trabajar, formó familia y empezó a sentirse como una mujer realizada. Pero en algún recodo de sus pensamientos persistía la imagen del mapa que vio en su primer viaje a este país, por lo que continuó buscando en sus propios recuerdos e imaginación, las herramientas para recrear ese mundo que las nubes del tiempo habían empezado a borrar, acostumbrándola a la idea de que era hija de la nada.

Llegó 2013 – el año después del fin del mundo anunciado por los mayas – y Tocopilla abrió los ojos, recuperó sus calles, su cielo, sus cerros, su mar, en fin, bebió de los frutos prohibidos de su propio conocimiento, de sus propias necesidades y de sus propias historias, y se decidió a dibujar su futuro sin importarle el Edén cartógrafico del cual había sido expulsada. Manuela, por su parte, hizo lo mismo. Se alumbraron sus extraviados recuerdos que orgullosa contó a sus hijos y sintió que su felicidad, antes estancada, por fin se había expandido.

Rodrigo Durán Alfaro

Fuente: http://prensanorrkopingdotcom.wordpress.com