El Ministro Piñerarte

¡Esto es muy feo, Pedro!, exclamo el ministro, morado de ira. Y yo sin escuchar, sin decir nada, seguí caminando indiferente a los periodistas y camarógrafos que tragando saliva murmuraban: ¡Huy!, que atrevida.

Y pudo haber sido los primeros días de marzo del año pasado, cuando el recién electo andaba nombrando autoridades y reemplazando empleados públicos a diestra y siniestra. Como quien cambia cortinas, sacaban a las secretarias de las mechas en el revuelo de papeles, corcheteras y útiles de oficina ministerial. Como quien sacude el mantel, botaban a los jefes culturales a escobazos de sus escritorios, haciendo cierta la película del desalojo concertacional pronosticada meses antes. Fue en esos días, cuando Don Piñi nombraba intendentes en un acto muy protocolar en el Museo de Bellas Artes.

Publicidad

Y allí estaba toda la prensa y los camarógrafos sudando la gota gorda para filmar a la derecha en traje de gala. La derecha, ufana y soberbia, por fin apotingada en el trono. Por fin, luciendo sus galas ordinarias y ternos de corbata tricolor; los ministros, los secretarios, subsecretarios, los intendentes, recién nombrados, estaban allí de camisa almidonada para la foto del primer espolonazo derechón en democracia.

Tanto esperar este momento, oye, decía una momia de pestañas crespas, tantos años de socialistas chascones saqueando el modelo económico inaugurado por Augusto, que debe estar mirándonos tan feliz entre las nubes, repetía la rucia secándose la fragante transpiración.

Allí, en el Museo de Bellas Artes, con un sol en la frente, con un dólar en el alma, la derecha triunfal lucía su recién estrenada y acrílica sonrisa. La mañana era optimista para ellos ahí en el Parque Forestal con un sol nacarado de media estación. Pero esa mañana era indiferente para mí, despertando en la cama con un amante ecuatoriano después de habernos tomado hasta el agua del florero la noche anterior. Como con rabia le dimos al ensarte con mi enamorado quiteño. Como desquitándonos de la mala suerte de tener un gobierno de derecha, le dimos huasca la noche entera. Y así despertamos, húmedos y entumidos, abrazados como náufragos, pero mas vivos que nunca y con una sed de camello agrietándonos el primer beso mañanero.

¿Una cerveza, mi amo-or?, le pregunte al muchacho. Pero si no quedo nada, bostezo riendo. Y levántate, vamos a comprar, dije echando las sabanas para atrás. Y así, medio dormidos, medio mareados, caminamos por la vereda del parque rumbo a la botillería. La mañana era dorada y recién regaban el pasto los jardineros municipales, recién habían puesto barreras en la vereda del Museo para que no pasara la gente. Otra vez estarán filmando un comercial, le dije al chico, que me contradijo indicándome la aglomeración de gente que miraba el desfile de autoridades de civil y también milicos engalanados como árbol de pascua. Y como si nada, cruce frente a ellos como si me diera lo mismo. En realidad, iba refunfuñando que ocuparan la vereda para sus actos. Y fue entonces, fue en ese momento cuando el me vio y se precipitó a mi encuentro con la mano estirada, diciendo: Que gusto, Pedro, tenerte aquí. Era el ministro de la cultura Piñerarte, el actor de teleserie, el flamante pituquin de traje planchado viniendo hacia a mi con la sonrisa en bandeja. Y yo medio sonámbula, medio asqueada de tanta desfachatez, lo miro, lo mido, lo tazo, y sin decir agua va, escupo al suelo, exactamente a un centímetro de su lustroso calzado. ¡Esto es muy feo, Pedro!, exclamo el ministro, morado de ira. Y yo sin escuchar, sin decir nada, seguí caminando indiferente a los periodistas y camarógrafos que tragando saliva murmuraban: ¡Huy!, que atrevida.

¡Esto es muy feo, Pedro!, me gritaba el ministro alzando las manos como si fuera una representación teatral. ¡Esto es muy feo!, reiteraba su papel con un dramatismo exagerado que enrojecía sus mejillas.

El chico ecuatoriano, a la media cuadra, me abrazo confesándome sentir orgullo de mi osadía. Pero va a tener sus costos, me previno sacándome la mano del hombro. Es la autoridad cultural, y este mal rato no se le va a olvidar, porque lo ofendiste y el solo te quería saludar.

Pero el debiera conocer mi prontuario anti derecha, le contesté con bravura. Me salió del alma, no lo pude evitar. Ahora pienso que lo olvidará, los pitucos light de la derecha borran la memoria, no les conviene, por eso no son resentidos, la amnesia es su política de poder.

Y no estaba tan equivocado, porque al día siguiente el ministro aparecía en el diario declarando que yo era un nostálgico resentido. Viste que tenía razón, soy “tellible de resentido”, le susurré a mi ecuatoriano caracoleando en sus morenos brazos.