La Crónica literaria, por Juan Pablo Rudolffi “Pegatina”

Intensamente hemos contemplado todos los pasos, el motor pequeño y diminuto de los vehículos, las calles a oscuras, cómplices de la venta y el consumo, de las perdidas y las ganancias, acumulando los follones húmedos de las pasiones más siniestras, esas pedófilas excitaciones a lo largo de las calles, donde un tipo con camioneta de empresa pone los gatos y espera. Allí se acerca una muchachita con voz baja, se le acerca con toda la radiación y el cigarro apagado, el tipo se lo enciende y eso era todo. La mujer entra a el auto y no vuelve en una larga ronda de tiempo…

Montan encendedores enormes en el humeante de los árboles, muerden los pocos dientes que les quedan apurando sus labores, sólo niños. Uno 15, otro 16 y a la vuelta la comisaria siendo llenada de borrachos, “ponle fuego hijo”. Encienden el polvo blanco y empieza la tensión. Deambulan varios minutos por entre los bares, limosneándole a los universitarios que caminan con enorme felicidad, conforme de sus actos medio ebrios, simulando ser la escencia de este mundo, ellos entregan unas monedas y miran con repulsión, el par de pequeños churrientos agradecen, aun mas entristecidos que antes, porque han visto la caridad en un grupo de condenados, han visto deudores del sistema, esta tristeza dura un poco, luego otra papela y la antena es cargada con un poco más…

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De día las calles están llenas, pasan las marchas y se bañan de sangre las manos de un sistema, hemos visto inyecciones de dineros desesperados para tratar de salvar a un agónico, y todos enajenados según la visión de unos poquitos, que han condenado la bebida y las sustancias y así también la educación , los derechos, y ellos con privilegios enormes, salen de los restaurantes con los abrigos italianos, directamente al cabaret donde se deciden las leyes de la partía, han de beber al meneo de los culos sudados, exhalan el humo de sus propias condenas, cuando han bebido más de la cuenta se esnifan la ñata provocando la dureza, la mano dura, la represión…

Yo lo sé, lo sé porque lo he visto, porque pasábamos por toda la estación llevando un carro, bebiéndonos el vino de la tristeza segura, transitamos los tarros, el engrudo, las escobas, aun medios mareados por el “quita frio”…

-Oye loco (le dice el de 15 al de 16), pidámosle una monea a esos cabros del carro.

-No, no weí, esos weones no tienen nada, (le cuenta calentando la antena).

-¿Porque decí esa wea?

– ¿Que no les veís la cara de comunistas?…