Señor Director:

Algunos de los aspectos más destacados y también más controversiales de la exitosa serie Chernobyl, son las reacciones del ingeniero jefe adjunto de la planta nuclear, Anatoly Dyatlov y del ingeniero jefe, Nikolai Fomin, quienes negaron reiteradamente la ocurrencia del desastre nuclear que tenían frente a sus ojos.

Cuando el científico Valery Legasov insistió en la necesidad de tomar medidas por la contaminación radiactiva, ambos burócratas permanecieron invariables en su postura, exigiendo al ‘camarada’ Legasov una explicación científica de cómo era posible que hubiera una explosión en un reactor nuclear RBMK, lo cual era desconocido en la época y considerado imposible.

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Fue su negacionismo exigiendo pruebas científicas de cómo podía hacer explosión un reactor nuclear, mientras tenían la explosión del reactor nuclear frente a sus narices, lo que provocó muchísimas de las muertes en Chernobyl al exponer a técnicos y rescatistas a la radiación sin una protección adecuada y retrasar medidas más severas, con el fin de evitar un escándalo para la URSS.

En Antofagasta no hay ningún reactor nuclear (menos mal), pero si una increíble semejanza y repetición de conductas negacionistas frente a elementos que ponen en riesgo la salud de las personas, que no tienen nada que envidiarle al más cuadrado y alineado de los burócratas soviéticos.

Todos los días un polvo negro se mezcla con el rocío matinal cubriendo edificios, casas, automóviles y pulmones de los antofagastinos, fundamentalmente en el sector del puerto de la ciudad, donde se embarca concentrado de cobre que contiene metales pesados. Al mismo tiempo, los índices de cáncer en algunos casos son cuatro veces superiores a la media nacional, adivirtiendo los especialistas que se debe a la presencia de metales pesados en el aire.

Frente a estos hechos, la actitud de diversos burócratas locales parece inspirada directamente en el guión de Chernobyl. Antes de tomar cualquier medida, exigieron la realización de estudios científicos que demostraran primero si efectivamente había metales pesados en el ambiente, luego exigieron nuevos estudios para conocer si había personas contaminadas con metales pesados y finalmente, indican que no hay estudios que permitan determinar si el cáncer que se roba las vidas de muchos en Antofagasta tiene alguna relación con las actividades en el puerto.

Pasan los días, los meses y los años con tomas de muestras e investigaciones cuyos resultados se contradicen unos con otros, dejando la situación en punto muerto. Mientras tanto, parte de la prensa local adoptó una postura parecida a la de los medios intervenidos y censurados de la CCCP en los primeros días del desastre de Chernobyl, bajando el perfil a la situación o derechamente ocultándola. Incluso el director de El Mercurio de Antofagasta lo negó vehementemente en su editorial tildando de alarmistas a quienes expresan opiniones de preocupación frente a la contaminación, despertando las críticas de organizaciones ambientales y el Colegio Médico. Lo propio han hecho algunos autodenominados ‘influencers’ y políticos locales caídos en el descrédito.

Hay diferencias muy claras entre las decisiones tomadas en Chernobyl y las decisiones tomadas en Antofagasta. Afortunadamente los soviéticos terminaron por aceptar el desastre y adoptar medidas de mitigación, sin importar el costo económico. Si hubieran actuado como los burócratas de este lado del mundo, todavía seguirían sin comprender lo sucedido, negándolo todo y exigiendo estudios para determinar si es necesario intervenir, manteniendo el núcleo radiactivo expuesto.

Lector Democrático

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