“El Hospital de Antofagasta extravió a mi padre discapacitado”

Emergencia-2-web-2Hace algunos meses, mi padre estaba haciendo lo que más amaba a sus 52 años: Enseñar a niños vulnerables en un liceo de Calama. Podría ganar más en algún colegio privado de nombre gringo, pero lo guiaba su vocación de servicio público. Que nadie se quedara sin aprender matemáticas.

Muchas veces lo vi planificando sus clases, sin dejar nada al azar. Los dominós y las balanzas para enseñar álgebra, los billetes de fantasía con sumas y restas para que los chicos pudieran captar los números negativos. Su orgullo era máximo cuando comprobaba que sus revoltosos alumnos cada año sacaban mejor puntaje en el SIMCE. Por las noches asistía a hacer clases a futuros ingenieros en la universidad.

Su energía, sin embargo, fue poco a poco decayendo. Dolores en el pecho eran la señal de que su vida no volvería a ser la misma. En julio de este año estuvo internado en el Hospital de Antofagasta por un infarto al corazón. Allí indicaron que la mejor opción sería operarlo, pero que no habían recursos ni camas y le dieron de alta seis días después, con instrucción de acudir a control para conocer si sería necesario operarlo en el futuro. Era la primera señal de la catástrofe.

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El mismo día que al fin debía verlo un cardiólogo -un mes después- se desplomó en la casa. Ninguna ambulancia acudió en su ayuda, a pesar de que las primeras horas son claves cuando se sufre un Accidente Cerebro Vascular Isquémico. En este caso, esas cuatro horas claves para revertir los efectos, las pasó esperando en una camilla del Servicio de Urgencias, a falta de neurólogos y neurocirujanos, quienes no trabajan en la unidad y acuden solamente por interconsulta.

Las últimas palabras que mencionó antes de perder la capacidad de hablar, fueron los números del 1 al 10, mientras sufría el infarto cerebral en pleno servicio de urgencias, aferrando la mano de mi madre y hermana. Su mirada se extravió en algún punto lejano. En la noche parecía agonizante, todavía en urgencias, esperando cama para ser hospitalizado.

Al menos 24 horas después y con riesgo vital, ingresa a la UCI, donde se le induce estado de coma y se le conecta ventilación mecánica. Ya sufría severos daños neurológicos. Afasia y hemiplejia. No podría articular palabras y tampoco mover el lado derecho de su cuerpo. Pero seguía vivo, los días fueron avanzando y finalmente, con los cuidados adecuados, despertó.

Salió de la UCI para ser trasladado a la UTI y luego a neurología. Una tarde de Septiembre, indicaron que debía irse a casa, ya no podían (o querían) hacer más por él, salvo recetarle un tratamiento con anticoagulantes. Mi papá, sin embargo, se lo tomó con alegría. Estaría con nosotros.

Vivir con problemas de movilidad y habla, tanto para la familia como para él, es como iniciar una vida nueva, con mucho por aprender. La silla de ruedas, las visitas al centro de rehabilitación, los ejercicios. Todas tareas que asumimos con mucho optimismo y fe, además del apoyo de familiares, amigos, colegas. Él va avanzando y su fuerza nos inspira a todos.

EL PACIENTE PERDIDO

Nunca imaginamos que el tiempo le tendría preparada todavía otra prueba. Y que esa prueba no vendría desde el interior de su cuerpo, sino que de la inexcusable negligencia de quienes tenían el deber de velar por su salud y seguridad.

Debido a que presentaba un cuadro de hematuria (sangre en la orina) lo trasladamos la noche del viernes a urgencias del Hospital Regional de Antofagasta.

A las cuatro de la madrugada del sábado pasado, tras permanecer horas en la sala de espera en su silla de ruedas, finalmente lo ingresan. Le explicamos al personal de turno sobre su discapacidad para hablar y desplazarse, por lo que era necesario que al menos uno de nosotros lo acompañara al interior del box de atención. Nadie se tomó el tiempo de escuchar. Paramédicos, enfermera y guardias nos exigieron permanecer afuera, con su silla de ruedas, mientras él permanecía adentro en una camilla.

Así pasaron las horas, sin noticias sobre él. Lo último que nos dijeron es que le tomarían un examen de sangre. A las 7 de la mañana, muy preocupados, exigimos más información sobre su estado.

Es allí cuando el personal de turno, con una frialdad y desdén impactante, indica que en urgencias no hay ningún paciente con su nombre. Incluso en la camilla donde lo habían dejado ahora se encontraba otro paciente.

No sabemos donde está, de seguro se arrancó”, “Le estoy diciendo que no hay nadie con ese nombre”, “No me moleste en mi lugar de trabajo”, decían sin la más mínima preocupación. Incluso, ante nuestras exigencias de que lo buscaran nos expulsan, amenazando con guardias. Nadie se hizo responsable, ni los funcionarios de turno se quisieron identificar.

“Es allí cuando el personal de turno, con una frialdad y desdén impactante, indica que en urgencias no hay ningún paciente con su nombre. Incluso en la camilla donde lo habían dejado ahora se encontraba otro paciente”.
Así comienzan a pasar las horas, con mi padre desaparecido y nosotros recorriendo los alrededores del Hospital, incluso entre los cuerpos que ingresaron durante la noche a la morgue, pensando lo peor. La situación solamente cambió cuando el hecho se hizo público. Al Hospital llegó personal de la PDI, también algunas autoridades fiscalizadoras. Solo entonces los responsables del extravío notaron la gravedad de la situación.

Al mediodía, tras permanecer 6 horas desaparecido, mi hermana lo encuentra en la conserjería del departamento donde vive la familia, con su ropa y manos ensangrentadas. Como llegó hasta ese lugar, ubicado a unos 3 kilómetros del Hospital, es todavía un misterio. Los conserjes dicen que apareció állí alrededor de las 7 de la madrugada y que llamaron a Carabineros y al Hospital para informar. Nadie se enteró.

Resulta prácticamente imposible que llegara por sus propios medios, si tiene el lado derecho de su cuerpo paralizado. Que alguien lo llevara también resulta improbable, salvo que conociera su dirección. Tampoco portaba dinero para abordar locomoción colectiva.

En estas condiciones estaba su mano al momento de ser encontrado.
En estas condiciones estaba una de sus manos al momento de ser encontrado.

Lo más importante, es que apareció con vida. Pudo sucederle cualquier cosa en el trayecto. Pero eso no borra la inexcusable desidia, poco prefesionalismo, falta de ética e irresponsabilidad de quienes tenían la obligación de brindarle atención de salud.  Nos dolió mucho constatar que para el personal, los reclusos y sospechosos de delitos que llegaban en vehículos policiales, parecían tener mayor importancia y prioridad para ser atendidos.

Trataron a un profesor de estado, un ser humano que entregó su vida entera a formar futuros profesionales, que pagó religiosamente cada mes su cotización de salud en las décadas que estuvo sano, de una manera vejatoria que atenta completamente contra la dignidad de una persona. Tal indiferencia tuvieron respecto a él, que se les terminó extraviando y perfectamente pudo morir en el periodo que estuvo desaparecido, provocándole además un daño físico, psicológico y moral.

Ahora como familia, nos queda superar el trauma y perder el miedo de regresar al Hospital. Porque en caso de tener que volver, ya sabemos que nadie de quienes estuvieron presentes esa noche, parecen estar capacitados para cuidar de la vida de otras personas. Como ciudadanos, nos queda movilizarnos y exigir una salud pública de calidad. De la salud privada no se puede esperar humanidad, sino que sentido del lucro.

A las autoridades, les queda investigar los hechos, sancionar a los responsables y también perseguirlos penalmente, así como asegurarse de que este tipo de casos nunca más vuelvan a suceder. El Intendente de Antofagasta, Valentín Volta, indicó telefónicamente que habría sumario, sanciones y  cambios profundos en el Hospital y el Servicio de Salud a raiz de este hecho. Vigilaremos celosamente que ese compromiso se cumpla, así como también que desde el Ministerio Público se haga justicia y se repare el daño causado.